¿Qué hacemos con la educación de nuestros jóvenes?
Hoy, abril de 2020, no podemos saber qué va a pasar en el futuro. Podemos sospechar tendencias, anticipar problemas, pero lo primero que es necesario es aceptar la incertidumbre. Por eso la pregunta es qué hacer y no qué va a pasar. Y aunque la pandemia actual exacerbe la incertidumbre, ésta nos acompaña desde el fondo de la historia como seres humanos.
En los 30 años que ejerzo como educador argentino recogí experiencias y reflexiones que están sintetizadas en esta nota como un disparador de una reflexión que nos debemos. Lo que sigue está dirigido a la educación secundaria, aunque pueda servir también más allá de este nivel educativo.
Preguntas que abren sentido
Sin pretensión de agotar una lista de dimensiones críticas de la educación les propongo centrar la reflexión en tres pilares de la acción educativa que considero claves en este momento histórico:
1- ¿Qué modelos de sociedad y desarrollo tenemos? ¿Cómo queremos vivir? ¿Qué queremos respecto del desarrollo, la igualdad, la sustentabilidad ambiental?
2- ¿Cómo nos vinculamos con el mundo digital, la educación a distancia, la robótica, la automatización como procesos que están desplegándose independientemente de cómo nos sintamos o de qué pensemos de ese mundo?
3- ¿Qué rol le cabe a la escuela en el desarrollo de nuestra fortaleza emocional? ¿Qué puede hacer la escuela por nuestra autoconfianza, autoestima, autorespeto y autogeneración?
Modelos de desarrollo
La dinámica social nos ha negado los espacios de reflexión y acción en esta dimensión. Podemos rastrear históricamente, cuáles son esos modelos, y podemos expresar cuales creemos convenientes y cuáles no, aunque no todos estemos de acuerdo en todo.
También puede suceder que descubramos más unidad de la que suponíamos. Un ejemplo puede ser los niveles de destrucción de vidas humanas con las guerras, fatales en la historia, especialmente en el siglo pasado: Primera y Segunda guerras mundiales, procesos represivos y genocidios. Podemos ir de los grandes modelos políticos, económicos a los acuerdos de convivencia más cotidianos en nuestras sociedades.
Allí se juega la construcción de voluntades para construir un tipo de sociedad y no otro, la construcción del respeto al que no piensa igual, al que representa una minoría y al alcance de la utopía propia con respecto a la de los demás. En este sentido ninguna utopía debería negar totalmente la de los otros, y a esta altura de la historia, mucho menos conducir a la violencia, persecución o la muerte de los otros.
Más allá de las grandes tragedias, todos nos preguntamos por qué tenemos este desarrollo y no otro, por qué estamos viviendo crisis económicas de modo repetitivo, entre otras preguntas. Si respondemos con poco fundamento se abren representaciones que descalifican nuestras posibilidades de futuro y nos quedamos atrapados en estados de ánimo de resignación. Necesitamos en este plano tener vigilancia sobre nuestras cegueras, inclusive las cegueras que acompañan al conocimiento, es decir que “no sabemos que no sabemos”. Cuando estamos atentos a esto empezamos a ser más prudentes con los juicios negativos que cierran posibilidades.
Tendremos que entender que nuestras relaciones sociales en el plano de la convivencia son parte del modelo de desarrollo: cómo consideramos a los otros, a los que piensan igual, a los que piensan distinto, qué ideas y prácticas tenemos de lo solidario.
Otra dimensión de los modelos de desarrollo es la sostenibilidad ambiental. Hoy está en juego la calidad de los alimentos, y un conjunto de externalidades industriales que nuestro ecosistema no tolera. Los procesos productivos de destrucción de la naturaleza son tan alarmantes que están poniendo en juego al planeta, con señales claras de que el cambio climático ya empezó. Aquí se juega la solidaridad con las generaciones futuras. La escuela tiene que ser parte de un lugar de reflexión profundo, de preparación para algunas de las consecuencias inevitables de las disrupciones, de visualización de alternativas (que trasciende el binomio capitalismo-comunismo)
Acercamiento al mundo digital
Hace algunos años que el mundo digital ha irrumpido entre nosotros. Más allá de lo que pensamos y de lo que sentimos con su uso, está ocupando y atravesando todas las áreas de la vida. Hoy en plena cuarentena descubrimos que constituye una posibilidad de comunicación y aprendizaje que va mucho más allá de lo que habíamos practicado hasta ahora para la mayoría de la población. Por supuesto que no beneficia a toda la población por falta de conectividad y de acceso a dispositivos electrónicos, pero también se puede constatar que existe una tendencia a su abaratamiento y a la ampliación de la cobertura geográfica de la conectividad.
Al mismo tiempo hay varias convergencias de tecnologías que van a desembocar en disrupciones importantes: automatización, robótica, energía solar, mecatrónica, etc.
Tenemos que vivir en ese mundo, cuanto más nos formemos en él, vamos a tener más elementos para ponerlo al servicio de mayor bienestar y de contrarrestar aquello que podría llamarse efectos no deseados en la vida humana. El efecto creciente de las disrupciones en el mundo del trabajo debería constituir una alerta que no podemos desoír.
Fortaleza emocional
Históricamente la escuela desatendió esta dimensión humana fundamental, escindiéndola de nuestra capacidad lingüística y lógica.
Si entendemos la fortaleza emocional como el cultivo de la autovaloración, la autoestima, el autorespeto y la autogeneración, entendidas como alta valoración de nosotros mismos, del valor que tenemos para dar, de lo confiable que somos y de la capacidad para responder ante situaciones cambiantes, respectivamente, es indispensable que la escuela se dedique a profundizar esta dimensión.
Asistimos a un momento histórico de alta incertidumbre, de cambios acelerados. El trabajo de la esfera emocional, integrada a la capacidad cognitiva, es el que nos puede llevar a puertos de mayor equilibrio y amorosidad, mayores capacidades de aprendizaje, de convivencia y de cuidado.
Desafíos del futuro
Se trata de repensar la educación. Se trata de rejerarquizar los conocimientos en función de la construcción de modelos sociales más humanos, sin crueldad. Los adultos somos responsables de la transición cultural que incluye la sabiduría propia de nuestra experiencia histórica con errores, fracasos y con descubrimientos, y originalidad.
La historia de la humanidad está atravesada por emergencias y contingencias que la hacen incierta. El mundo no se puede controlar, hay que aprender a navegarlo con las cartas que tenemos y con lo que somos.
La escuela tendrá que generar una nueva síntesis entre conocimiento, prácticas, habilidades y hábitos. Estar atentos a las cegueras y aprender a cultivarnos emocionalmente para construir con otros el mundo y la realidad humana que queremos en el marco de este momento histórico.
Nota: Las opiniones de este articulo son de exclusiva responsabilidad del autor.