Monseñor Radrizzani destacó que es necesario «la promoción al dialogo y la búsqueda del bién comun»

Publicado: 26 de mayo de 2009

MONSEÑOR RADRIZZANI. Y la importancia del dialogo

MONSEÑOR RADRIZZANI. Y la importancia del dialogo

El Monseñor Agustín Radrizzani analizó brevemente sobre la política, el bien común y la solidaridad en el marco del Tedeum del 25 de mayo. Sobre política indicó que es necesario «la promoción del diálogo y de la paz en el horizonte de la solidaridad y la búsqueda del bien común con espíritu de servicio.

La política:

Partimos de la base en la cual concebimos a la política como buena y necesaria, actividad que atañe al hombre, a cada hombre, por su propia naturaleza social.
La política nace de la necesidad del hombre de organizarse socialmente para poder vivir, por eso toda propuesta política es relativa al hombre, que es inviolable en sus derechos. Las reglas de juego del ejercicio de las libertades cívicas y sociales han de dejar a los hombres la libertad de elegir. La autoridad política debe garantizar la vida ordenada y recta de la comunidad, sin suplantar la libre actividad de los personas y de los grupos, sino disciplinándola y orientándola hacia la realización del bien común, respetando y tutelando la independencia de los sujetos individuales y sociales.
El Compendio de Doctrina Social de la Iglesia dice sobre las orientaciones que deben inspirar la acción política de los cristianos laicos:
El compromiso político como una expresión cualificada y exigente del empeño cristiano al servicio de los demás; el desarrollo de la justicia con atención particular a las situaciones de pobreza y sufrimiento; el respeto de la autonomía de las realidades terrenas; el principio de subsidiaridad; la promoción del diálogo y de la paz en el horizonte de la solidaridad y la búsqueda del bien común con espíritu de servicio.

El bien común

«De la dignidad, unidad e igualdad de todas las personas, deriva, en primer lugar, el principio del bien común, al que debe referirse todo aspecto de la vida social para encontrar plenitud de sentido» (C 164). Este es el conjunto de valores y condiciones que posibilitan el desarrollo integral del hombre en la sociedad, incluido su desarrollo espiritual. El bien común es por ello el humus de una nación. Desde allí ella germina y se reconstruye. «El bien común no consiste en la simple suma de los bienes particulares de cada uno de los sujetos del cuerpo social.» (ib.). Si así fuese, la existencia de una nación estaría sometida a los avatares de los diferentes sectores. El bien común de una nación es un bien superior, anterior a todos los bienes particulares o sectoriales, que une a todos los ciudadanos en pos de una misma empresa, a beneficio de todos sus integrantes y también de la comunidad internacional. No puede ser parcializado, dividido, ni privatizado. «Siendo de todos y de cada uno, es y permanece común porque es indivisible y porque sólo juntos es posible alcanzarlo, acrecentarlo y custodiarlo, también en vistas al futuro» (ib.). Una sociedad que quiere estar al servicio del ser humano, «es aquella que se propone como meta prioritaria el bien común, en cuanto bien de todos los hombres y de todo el hombre. La persona no puede encontrar la realización sólo en si misma; es decir, prescindir de su ser ‘con’ y ‘para’ los demás» (C 165). La construcción del bien común se verifica en la promoción y defensa de los miembros más débiles y desprotegidos de la comunidad.

La Solidaridad.

«La solidaridad confiere particular relieve a la intrínseca sociabilidad de la persona humana, a la igualdad de todos en dignidad y derechos, al camino común de los hombres y de los pueblos hacia una unidad cada vez más convencida. Nunca como hoy ha existido una conciencia tan difundida del vínculo que se manifiesta entre los hombres y los pueblos» (C 192). Estas relaciones de interdependencia, «que son, de hecho, formas de solidaridad, deben transformarse en relaciones que tiendan hacia una verdadera y propia solidaridad ético-social. La solidaridad debe captarse, ante todo, en su valor de principio social ordenador de las instituciones» (C 192,193).

En situaciones difíciles los argentinos nos mostramos solidarios. Por ejemplo, cuando sufrimos catástrofes naturales. Las repetidas crisis político-sociales quizás habrían acabado con nosotros si no hubiésemos sido solidarios. Es admirable cómo, en situaciones límites, nacen formas impensadas de solidaridad, especialmente en el pueblo humilde.
No obstante, la solidaridad necesita un crecimiento sustancial en orden a afianzar la conciencia ciudadana y la responsabilidad de todos por todos. La solidaridad expresa la solidez moral de una comunidad cuando, superando el sentimiento superficial, llega a elevarse hasta el rango de virtud social. No se trata, tan sólo, de que crezca la cantidad de donativos para aliviar los males de otros ante acontecimientos dolorosos. Se trata, principalmente, de llegar personal y comunitariamente a «la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos» (C 193).

Por eso nos preguntamos:
– ¿Concebimos la política como una actividad humana que organiza nuestra convivencia para el bien de todos?
– ¿Somos conscientes que el bien común debe estar por encima de los intereses personales o sectoriales?
– ¿Tratamos de vivir la solidaridad no solo en los momentos de emergencia o ante necesidades extremas, sino procurando una vida más digna para quienes menos tienen?

La expresión de Jesús al final de la parábola. «vete y procede tu de la misma manera» es la conclusión práctica que podemos extraer todos para llevarla a nuestra vida cotidiana. La Virgen de Luján, patrona de nuestra argentina, interceda ante su hijo Jesucristo para que con sabiduría y prudencia construyamos una patria grande, más justa y solidaria.