Memoria, perseverante memoria
El 24 de marzo de 1976, las Fuerzas Armadas derrocaron al gobierno de Estela Martínez de Perón. El Ejército de Jorge Videla, la Armada de Emilio Massera y la Aeronáutica de Orlando Agosti concretaron la amenaza que habían hecho tres meses antes, e irrumpieron destituyendo a las autoridades constitucionales.
Al derrocamiento de la presidenta, la disolución del Congreso y la destitución de los gobiernos provinciales y municipales siguieron la proscripción de los partidos políticos y las asociaciones sindicales, la intervención de radios y canales de televisión y el establecimiento del estado de sitio.
La suspensión de los derechos y las garantías constitucionales se convirtió en la “normalidad”. Ya no pudo haber reuniones públicas, se estableció la censura previa, hubo prohibiciones de artistas y sus obras y se restringió la libertad de circular por el territorio del país.
Una sociedad, asqueada por la violencia política desde hacía no menos de cinco años, empezó a convivir con los crímenes más aberrantes. Desde el Estado, y con las Fuerzas Armadas como brazo ejecutor, se implementó el plan criminal más terrible que haya conocido la Argentina contemporánea.
Miles de personas fueron secuestradas y mantenidas en cautiverio en centros clandestinos. Allí fueron sometidas a tormentos físicos y psicológicos, imposibles de concebir y describir. Muchos de ellos murieron como consecuencia de esas torturas, y otros fueron asesinados al final de los tormentos. Pocos, muy pocos, lograron sobrevivir.
El plan criminal atravesó a toda la sociedad: las víctimas fueron militantes políticos, dirigentes sindicales, estudiantes, docentes, científicos, artistas, deportistas, referentes sociales, líderes religiosos. Hubo un ensañamiento especial hacia minorías religiosas, mujeres, homosexuales y militantes de partidos de izquierda.
“… las sociedades hablan de sí mismas tanto por sus héroes como por sus villanos. Tanto por lo que atreven a decir como por lo que niegan.”
María Seoane y Vicente Muleiro: “El dictador. La historia secreta y pública de Jorge Rafael Videla”
En el caso de las mujeres embarazadas, sistemáticamente se las mantuvo con vida hasta el nacimiento de sus hijos. Entonces fueron asesinadas, y los recién nacidos fueron robados y dados a otras familias, adulterando sus identidades de origen.
La gran mayoría de los secuestrados aún hoy permanecen como desaparecidos. La mayoría de los niños robados son adultos que desconocen que fueron ilegalmente apropiados.
El silencio impuesto por la suspensión de los derechos constitucionales, junto al terror generado por el accionar clandestino de fuerzas estatales, fueron el marco propicio para que la dictadura implementara el plan económico más brutal de transferencia de recursos de los sectores medios y bajos hacia los más poderosos y acaudalados.
La deuda externa pasó de 7.500 millones de dólares en 1975 a 55.000 millones en 1983. En esa década, el número de hogares con necesidades básicas insatisfechas ascendió del 12,3% al 32,7%. La participación de los trabajadores en el Producto Bruto Interno (PBI) bajó del 48% en 1975 al 27% en 1983. La desocupación se duplicó: subió del 8% al 16,8%.
La Argentina no volvió a ser la misma después de la dictadura. La “herencia” fue un país más pobre, más endeudado, más desigual y más injusto en lo económico y social; y más temeroso y menos transformador en lo político.
El 27 de enero de 1995 se cumplieron medio siglo desde que tropas soviéticas liberaron el campo de concentración de Auschwitz, en Polonia, el principal y más espantoso centro de exterminio de judíos puesto en funcionamiento por los nazis alemanes durante el Holocausto. Entre muchas menciones y evocaciones de esos días, recuerdo un reportaje a un viejo sobreviviente y en particular una de sus afirmaciones:
“Fue tan terrible lo que pasó, tan inhumano, que debemos recordarlo siempre. Es tan aberrante lo que la humanidad fue capaz de hacer que nada nos da garantías de que no vuelva a ocurrir. Y solo podemos evitarlo recordándolo. Nunca debemos olvidarlo. Si lo hacemos, podemos volver a vivir un infierno igual.”
Vale esto también para nosotros. El horror inaugurado el 24 de marzo de 1976 parecía imposible. Hoy mismo, la mención de esos crímenes parece un relato de ficción. Por eso hay que recodar siempre, insistentemente, para que no nos vuelva ocurrir nada parecido.
Solo la memoria, el ejercicio perseverante de la memoria, nos permitirá no volver a vivir lo peor de nuestra historia.
Nota: Las opiniones de este artículo son exclusiva responsabilidad del autor.