El día que la Tierra se detuvo
Maradona eran muchas personas en un solo cuerpo. Así Ernesto Cherquis Bialo lo definió muy bien en una charla con otro periodista.
Una definición tan cierta y descarnada. ¿Acaso un simple mortal podría soportar el abrupto paso de la infancia de hambre y potrero de Villa Fiorito a la opulencia y devoción en el mundo entero?
Lo cierto es que, entre tantas cosas que generaba con su presencia, Maradona tenía la virtud de detener el tiempo.
Lo detiene y altera ahora, que conmociona al mundo con su paso a la inmortalidad. Lo detenía antes, cuando con el sólo hecho de su llegada a algún lugar, pasaba todo a un segundo plano.
Maradona era nuestro abanderado, era el que manifestaba su rebeldía, la nuestra, la que representaba a los que no tenían voz, haciendo malabares y cosas imposibles con una pelota.
Al que se le atribuyó lo épico en el humilde Nápoli, el que avergonzó a los ingleses en el Mundial 86, el que falló, el que se equivocó, al que condenaron y al que volvieron a perdonar.
Hoy Diego hizo su última gran obra; volvió a unir a todos los argentinos. Lamentablemente lo tuvo que hacer con su muerte, a la cual venía gambeteando, se le burlaba, hasta que tuvo que ceder ante ella. Después de todo, la muerte está tan segura de su victoria, que nos da toda una vida de ventaja. Y con Diego no hubo excepción.
Dicen que hay días que todos morimos un poco y que cuando las personas que nos hicieron felices se van, el mundo se torna un poco más triste. Hoy es uno de esos días.
Hasta siempre, Pelusa, Diegote, Diez, Dios… Gracias por tanto, Diego…
Hoy la Tierra se detuvo…
Hoy nos cortaron las piernas también a nosotros…
