El cambio comienza en mi
Estamos en una época social en donde es común echarle la culpa al otro. La maestra de la escuela, la herencia recibida, la corrupción, mi jefe o mis vecinos. Acostumbrados a pensar que si los demás no cambian, nuestro esfuerzo no valdrá la pena, y por ende, nos desanimamos y abandonamos. Es fácil quejarse y esperar a que el cambio provenga de los otros.
Por ejemplo, debemos pensar a la familia como un sistema de engranajes interconectados en donde cada uno tiene relación directa o indirecta con los otros. Si un engranaje por más pequeño que sea, gira de una forma diferente, novedosa, el resto de los engranajes lo percibirá.
Lo que se escucha en el consultorio o en los grupos, muchas veces es la queja y la comodidad de no sostener nuestras iniciativas.
“Es inútil, jamás lo van a aceptar…”
“Mi hijo está tan acostumbrado a que lo ayude…”
“Si yo siempre fui la madre de todos, hasta de mis propios padres…”
Estas y tantas otras expresiones, no hacen más que detenernos, invitarnos a no insistir y defender nuestras posiciones, que por nuevas y más sanas, generan resistencias en mi entorno familiar, muchas veces bastante mal acostumbrado, o mejor dicho, bastante neurótico.
¿Por dónde empiezo?
Lo primero es re-pensar nuestro lugar en la familia. ¿Qué lugar ocupo para el otro? ¿Cómo me perciben?, ¿Saben lo que necesito, lo manifiesto o lo reprimo?, ¿Estoy conforme con mi rol y función en la familia?, ¿Y en mi pareja?
Estas sencillas y primeras preguntas valen también para otros ámbitos, el laboral y el social por ejemplo.
No obstante una de las primeras cosas que hay que clarificar en cualquier espacio terapéutico, es saber, si ocupo lugares como sujeto, o como un simple objeto, que se usa, se saca, se lo pone y luego se lo olvida hasta la próxima ocasión.
Para esta primera etapa, es fundamental la paciencia ya que como dije, las resistencias a mi cambio serán bastante lógicas, ya que los otros están acostumbrados a un modelo de relación particular, cristalizado por el paso del tiempo, por nuestra propia personalidad y por mandatos familiares y sociales que nos fueron impuestos.
No estamos aislados y nuestras acciones tienen siempre efectos, particularmente sobre los más cercanos.
Ahora bien, cuando reconozco la necesidad de cambiar una determinada actitud, debo tener en cuenta que ese cambio (favorable para mí), va a romper viejas formas de relación familiar y por ende es probable la confrontación o el enojo.
En ese momento escuchamos: “¿Para qué vas al psicólogo, si estas peor?”, “Tus amigas te lavan la cabeza si vos nunca reaccionaste así…” Advierto que habrá que acostumbrarse a esto si uno desea firmemente cambiar y sostener su nueva posición.
El resto del grupo familiar se ve amenazado (a nivel más o menos inconsciente), por este nuevo-viejo integrante, que en realidad se les presenta ahora como desconocido.
Lo que está amenazada es la relación, el rol y la función que este integrante ocupaba, posición que era funcional para los intereses del grupo, pero por lo general, disfuncional para la persona.
Este es uno de los primeros desafíos cuando encaramos seriamente cualquier proceso terapéutico. El desafío más profundo es el cambiar nuestra relación con lo que nos rodea, sea la comida, el trabajo, nuestra propia imagen corporal, mi esposo, mis hijos etc.
Allí también aparecerán resistencias y sabotajes.
Volvamos a lo familiar para agregar que, si cuento con el acompañamiento de mis seres queridos, el proceso se agiliza y el cambio se me presenta más sencillo, sin tener que pelear contra propios y extraños.
A veces no se cuenta con esa contención y habrá que salir a buscarla o construirla con amigos, estudio, hobbies y nuevos grupos de pertenencia.
El apoyo familiar es importante, porque uno vuelve a sentirse parte, siente que no está solo y por ende puede pedir ayuda, ser tenido en cuenta. Este es el primer paso para ocupar ni más ni menos que, posiciones de sujeto frente al otro. La subjetividad es tener una propia voz, una palabra que la respalde y que sea respetada.
A partir de allí el vínculo gira y uno comienza a circular por otros lugares mucho más sanos y edificantes. Solo hay que animarse!

Lic. Esteban Gómez
Psicoanalista UBA MN 25.591 MP 25.668