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El crimen de Gualeguaychú desnuda una compleja problemática de amores enfermizos, y el Licenciado Esteban Gomez nos ayuda a comprender estos fenómenos.

Desde tiempos inmemoriales, los seres humanos tenemos un entendimiento difícil de lo que denominamos “amor”. La literatura, la música, las artes plásticas y el teatro, intentan dar cuenta de este fenómeno una y otra vez, incluso la filosofía y el psicoanálisis se ocuparon de ello, y en estos últimos años, hasta las neurociencias tienen algo que decir. Pero podemos convenir que todos estos intentos resultan incompletos o parciales.
Creo que el inicio de estos dilemas hay que buscarlos, tal como nos enseñó Freud, en cierta concepción judeo-cristiana del amor divino, adornada con algunos condimentos románticos medievales. La idea del amor humano hecho a semejanza del amor divino, dio origen a la exigencia social en cuanto a que el verdadero amor debe ser incondicional, perfecto, eterno e inmutable. Nociones que bien puede caberle a dios, pero que son de cumplimiento imposible para los mortales.
Muchas de las consultas realizadas a profesionales de la salud mental y del derecho, terminan mostrando situaciones de violencia de género que encierran todos estos elementos.
Cuando un hombre o una mujer cree que el ser amado debe ser incondicional, es decir sin condiciones a sus necesidades o deseos, se pone el primer eslabón de una gran cadena que concluye si o si en la objetivación del otro, sea una pareja, un hijo o un amigo.
Si el otro termina siendo mi objeto, entonces me pertenece y si me pertenece es de mi propiedad. Todo aquello que amenace esta idea de propiedad privada e incondicional se torna amenazante. Desde aquí están dadas todas las condiciones para manifestar, desde pequeños síntomas obsesivos de control sobre el otro, o de celos, pasando por el control económico o el seguimiento en redes sociales, hasta llegar al crimen pasional.
El amor enfermizo es posesivo y se puede tornar muy violento cuando el objeto amado intenta algún gesto de libertad o independencia. El amor enfermizo exige al otro una entrega full-time, exclusividad en el hacer y el sentir, y por sobre todo, obediencia. Innumerables relatos clínicos dan cuenta de parejas maltratadoras que exigían esta obediencia como prueba de amor y fidelidad.
Hemos escuchado o leído crónicas policiales en donde alguien dice “ si no sos mía, no serás de nadie…” y desata la tragedia. Sucede que al poseedor le resulta peligrosísima la idea de pérdida del objeto amado y poseído, ya que puede traer aparejadas fantasías de destrucción y pérdida de identidad, o de sentido de pertenencia y de existencia.
Otra variable a tener en cuenta es la impronta social. Estamos en un tiempo histórico-cultural en donde el Ser se vivifica en el tener, y donde se nos empuja a mostrar aquello que tenemos. Pensemos, por ejemplo, en el universo de fotografías que circulan en las redes sociales, especialmente de púberes y adolescentes. Muchos muestran al otro como objeto conseguido o deseado, o se muestran a sí mismos como un cuerpo vacío de significación y de sentido.
Estos condicionamientos sociales agravan aún más las formas de objetivación y maltrato sobre otro o sobre sí mismos, ya que amplifican y hasta justifican ciertas actitudes o conductas psicopatológicas.
Por último, es útil aclarar que el verdadero amor es condicional, es decir, “yo te amo y te respeto a condición de que me ames y respetes como ser humano”. Por esta razón el Amor se manifiesta en una relación horizontal y democrática en donde nadie intenta someter al otro. El amor verdadero libera al otro de cualquier mandato social o familiar, acepta al otro nutriéndose en la diversidad de opiniones, sentires y deseos.
Recuerden siempre: En una pareja no hay jefas ni patrones porque es una maravillosa construcción de a dos.
Lic. Esteban Gomez
Psicoanalista-UBA
M.N 25.591 M.P 25.668

Publicado el jueves 1 de febrero de 2018

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