Cómo enfrentamos la incertidumbre?

Publicado: 8 de septiembre de 2019

A lo largo de los últimos 3 millones de años de evolución, nuestro cerebro adquirió nuevas facultades y aptitudes cognitivas que nos permitieron desde bajar de los árboles hasta fundar ciudades. Básicamente nuestro cerebro se apoyó en dos grandes principios que aún hoy lo rigen: “Economía energética” y “Homeostasis”, simplemente podríamos decir, la ley del ahorro y el mantenimiento del equilibrio fisiológico. Nos llevaría varias páginas explicar estos principios, pero sintéticamente podríamos decir que nuestro cerebro se acostumbra rápido a lo que le sale bien, le dió satisfacción y si es directo y sin complicaciones mejor.

Desde esta forma de comprender el funcionamiento cognitivo podemos explicar por qué nos cuestan tanto los cambios, la innovación en nuestros pensamientos y acciones y también todo aquello que llamaríamos mandatos sociales. Nuestras “Zonas de Confort” aunque sean repetitivas y tóxicas nos dan seguridad y certeza, por eso el dicho de “más vale malo conocido que bueno por conocer…”

Ahora bien, ¿Qué nos pasa cuando nos sacan de prepo de las Zonas de Confort? ¿Qué nos sucede emocionalmente cuando la realidad nos cambia el tablero de juego?.

La realidad socio-económica del último año ha hecho que cientos de miles de familias la estén pasando realmente mal. En un sistema donde pertenecemos siempre y cuando podamos consumir, pagar un alquiler o simplemente vestirnos, el dinero y por ende el empleo es algo estructural.

El des-empleo o la simple posibilidad de perder tu puesto de trabajo es una fuente de incertidumbre, stress y miedo.

La economía diseñada en escritorios tiene efectos en los cuerpos y mentes de millones de personas. Esos efectos socio-familiares perduran más allá de cualquier recuperación futura y a la larga deterioran nuestro tejido de contención social e individual.

Frente a esta realidad pueden aparecer respuestas emocionales y físicas en nuestro cuerpo, todas relacionadas con procesos de stress. Desde crisis de ansiedad, angustia, dificultades vinculares, respuestas violentas o agresivas, disfunciones en el sueño hasta contracturas o problemas en el aparato digestivo.

Cuando aquello que era conocido y nos brindaba seguridad se evapora, entramos súbitamente en el miedo, una de las fuerzas más poderosas que afectan al ser humano. El miedo paraliza y aumenta la sensación de pérdida de control e inermidad frente a eso que nos pasa. Detenernos, encerrarnos y callarnos es la peor de las opciones. Muchas personas hasta pueden sentirse culpables! Recurrir a salidas mágicas de “brujas”, psicofármacos, alcohol o drogas para “ahogar las penas” nunca es una solución, sino todo lo contrario.

Así se inicia un círculo vicioso de crisis-miedo-respuestas equivocadas-mayor complejidad de la crisis y más miedos…

Propongo algunas herramientas:

Hablar de lo que nos pasa, sacar afuera el pesar, las dudas y los miedos. Recurrir a tu esposo, a tu amigo o a tu vieja, que ya pasó por muchas crisis y sigue de pie. También comenzar un espacio terapéutico puede ser una opción. Hablar es profundamente sanador. Sociabilizar tu problema es pedir consejo, muchas personas pueden darte una mano de sus propias experiencias. Sentir que no estás sola y que no sos la única que está con incertidumbre es de gran ayuda.

No sos culpable de nada cuando la realidad se crea “desde tu afuera”, sí somos responsables de qué hacemos con eso que nos sucede. La culpa es algo estructural de nuestras personalidades neuróticas pero si se agiganta es realmente peligrosa. Ser creativo y animarse a inventar una respuesta nueva. Muchos emprendimientos, profesiones y empleos surgieron de los peores momentos de crisis. Las dificultades nos enseñan y por ende pueden fortalecernos.

Y para aquellas personas que creen en Dios en cualquiera de sus formas, acercarse a ese mundo interior también sirve mucho, puede ser la posibilidad de no sentirse solo más allá de toda circunstancia.

Me despido con una profunda y esperanzadora frase de Don Arturo Jauretche: “Nada grande puede hacerse sin alegría… Nos quieren tristes, para vencernos”.

Lic. Esteban Gomez – Psicoanalista UBA

MN 25591-MP 25668