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Un tiempo, un hombre: 30 de octubre de 1983 y Raúl Alfonsín

A no todas las generaciones les ha sido dada la posibilidad de protagonizar una gesta histórica. Y menos aun se les ha permitido ser testigos del paso del tiempo para evaluar los resultados de sus propias acciones.

No en todos los tiempos surgen mujeres u hombres providenciales, excepcionales, capaces de lograr no solo lo que pocos pueden, sino incluso aquello a lo que nadie se atreve. Y casi nunca se le ha dado a un pueblo la oportunidad de tomar distancia de hechos históricos para poder juzgar y coincidir en las dimensiones únicas de una persona.

Todo eso nos ha sido dado a los argentinos que éramos jóvenes o adultos en 1983 y en los siguientes años de la democracia recuperada.

El 30 de octubre de 1983 finalmente se pudo votar. Pero no fue esa una elección más: en esa jornada histórica cada ciudadano, silenciosa y pacíficamente, con el anonimato de su voto secreto, comenzó a construir la democracia perdurable que hoy tenemos. Las fotos y los vídeos conservados en los archivos periodísticos muestran apenas un reflejo de las emociones de ese día. Las imágenes de las largas filas de mujeres y hombres esperando para votar son solo una pequeña muestra del fervor de un pueblo que se volcó masivamente a ser protagonista de la gesta democrática más impresionante del siglo XX.

Y lo era porque todos tenían la conciencia de que cada voto, independientemente de la boleta que estuviera contenido en el sobre, era un NUNCA MÁS al autoritarismo, a las violaciones a los derechos humanos, a los crímenes cometidos desde el Estado. Cada voto era una palada para sepultar a la más sangrienta dictadura. Cada voto era una voluntad de dejar atrás un pasado de violencia y desunión entre los argentinos.

Se cumplen hoy 37 años desde aquella gesta. Y la distancia histórica nos permite  juzgar los hechos y coincidir, sin dudas, en que la persistencia de nuestra democracia, aun con todos sus defectos y problemas, ha sido posible –entre otras razones– por la firmeza de esa vocación republicana expresada por todos aquel 30 de octubre de 1983. Pero por encima de aquella ciudadanía comprometida y confiada en su propio protagonismo, hubo un hombre singular, una de esas personas providenciales o excepcionales de las que hablaba párrafos antes. Y es que no pudo haber un 30 de octubre de 1983 sin un hombre de las características únicas de Raúl Alfonsín.

Alfonsín fue el candidato a presidente que expresó, como ningún otro, el anhelo de los argentinos por iniciar una nueva y definitiva era democrática en el país. Alfonsín fue quien se comprometió, como casi ninguno de sus adversarios, a investigar y juzgar los secuestros, las torturas, los asesinatos y los robos cometidos durante la dictadura militar que se terminaba.

Alfonsín entendió que este pueblo, luego de tantos y tan largos sufrimientos, aspiraba a un gobierno defensor de las libertades individuales, respetuoso de las instituciones republicanas y sostenedor de todos y cada uno de los derechos y las garantías aseguradas por nuestra Constitución Nacional.

Pero él también comprendió que la recuperación de derechos y libertades era imprescindible en el nuevo tiempo que se iniciaba, pero no suficiente para satisfacer las expectativas y resolver las postergaciones de los argentinos. La dictadura dejaba muertos, desaparecidos, niños con su identidad adulterada y víctimas de atroces tormentos. Pero la democracia también heredaba hambre y desnutrición infantil, fenomenales índices de desempleo, miles y miles de analfabetos, una profunda desigualdad social. Los desafíos eran enormes. La enorme alegría y la celebración del triunfo electoral y de la jornada cívica dejaron paso rápidamente a la necesidad de plasmar en la acción las respuestas a las esperanzas depositadas por los ciudadanos en sus votos.

También en esto la distancia histórica hoy nos permite juzgar y ponderar sin pasiones y en cierto modo “objetivamente” el legado del gobierno de Raúl Alfonsín, entre 1983 y 1989. Y es entonces cuando su figura se agiganta. No ya como candidato, sino como estadista, la excepcionalidad de su figura es aun mayor.

La Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), su informe final titulado “Nunca Más” y los juicios y condenas a las juntas militares hicieron de la Argentina el primer país en procurar la no impunidad de
los crímenes dictatoriales. La restauración de las libertades, la abolición de la censura previa y el fomento de las más variadas expresiones culturales son logros de su gestión gubernamental que hoy nadie pone en duda. También son por todos reconocidos sus esfuerzos por construir una sociedad más justa, sobre todo en la adopción de las primeras políticas igualitarias, tales como la patria potestad compartida y el divorcio vincular.

Mediante la implementación de programas de salud y de asistencia alimentaria a los sectores más vulnerables se consiguió combatir enfermedades asociadas a la pobreza y reducir las cifras de desnutrición y de mortalidad infantil y materna. El Plan Nacional de Alfabetización insertó en la sociedad a centenares de miles de argentinos a quienes el Estado había abandonado crónicamente en su derecho a la educación. Al mismo tiempo, la recuperación de la autonomía, la libertad de cátedra, los concursos docentes y el gobierno tripartito en las universidades permitió el regreso al país de gran cantidad de intelectuales y científicos perseguidos por la dictadura. Y junto con ello, el Congreso Pedagógico Nacional convocaba a toda la sociedad a debatir y pensar una nueva educación para el futuro. Nada de esto podía conseguirse mágicamente.

La economía estaba profundamente condicionada por una gigantesca deuda externa: nunca el endeudamiento creció tanto (de 7.000 millones de dólares a 45.000 millones de dólares) como entre 1976 y 1983. Y los acreedores, como siempre, pretendieron imponer las estrategias económicas que les garantizaran el cobro de sus créditos, por encima de la satisfacción de las necesidades acuciantes de la población.

En cada caso hubo que enfrentar un obstáculo: el clero oponiéndose a la ley de divorcio y a la libre expresión cultural, los militares resistiendo –incluso con sublevaciones– los juicios por violaciones a los derechos humanos, y los sectores del privilegio boicoteando las políticas económicas del gobierno. Contra todos ellos alzó su voz Alfonsín, adonde fuera necesario: en el púlpito de una iglesia, en la tribuna de la Sociedad Rural y hasta en los jardines de la Casa Blanca, en Washington, con el mismísimo Ronald Reagan a su lado.

No hay muchos hombres o mujeres en nuestra historia con las dimensiones políticas, intelectuales y éticas de Raúl Alfonsín. No muchas generaciones han podido convivir con personalidades de su talla. A muchos de nosotros nos ha sido dado ese privilegio. Seamos entonces consecuentes con su legado, y en cada acto de nuestra vida pública procuremos hacer realidad aquellos ideales que Alfonsín encarnó, pero que son los anhelos de todo un pueblo.

Nota: Las opiniones de este articulo son responsabilidad del autor.

Publicado el viernes 30 de octubre de 2020

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