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El gran provocador de Marx publicaba en Londres, en febrero de 1848, un pequeño libro que cambiaría muchas cosas en el devenir de nuestra cultura.
Ese “librito” invitaba e introducía al lector con la frase “Un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo”. Intentaba brillantemente alertar que las voces de quienes más sufrían se escucharían, y se harían sentir en todo el continente.

El Fantasma de la Tristeza

Quienes trabajamos con seres humanos y familias escuchamos a un nuevo fantasma. Ya no son aires revolucionarios ni utopías libertarias. Estas últimas semanas, escuchamos un padecer que nos vuelve a poner frente al espejo como sociedad y como ciudadanos.

En 6 meses de cuarentena hemos pasado por todos los estados de ánimo, y estamos utilizando con mayor o menor éxito las herramientas afectivas y vinculares que disponemos.
Desde la novedad por las “vacaciones obligadas” hasta la bronca y el hartazgo, pasando por el encuentro con la familia, y con el silencio de calles vacías. Nos pasó de todo y nos está pasando…

Pero esa realidad se nos impone nuevamente golpeando corazones y expectativas. Y en este “nuevo round” golpea no solo con un virus, sino también con la incertidumbre de la inseguridad y de la economía. Y como el valeroso Héctor y su ejército, quienes por 9 años defendieron la ciudad santa de Troya, hombres y mujeres están cayendo en la desesperanza, sin fuerzas ya para levantar escudos y espadas.

Una nueva Tormenta Perfecta

Dicen que los argentinos somos expertos en crisis. Somos grandes timoneles para las tormentas perfectas. Y quizás así sea, pero nadie habla de los costos anímicos, físicos y espirituales de esas proezas.
El mundo entero es golpeado por una pandemia que cobra vidas, empleos y oportunidades. Pero no todos los países tienen las mismas condiciones para enfrentarla. A nosotros se nos suma una realidad compleja desde lo económico, social e institucional que ya tiene varias décadas.

Creo humildemente que nuestro desafío es doble o triple, pero no por el problema a resolver sino por quiénes y cómo lo vamos a resolver.
Flota en el ambiente social un clima enrarecido, sazonado con sospechas, acusaciones cruzadas, intereses personales, y miserias corporativas. Pero lo inquietante, para los trabajadores de la salud mental, son los otros ingredientes. Esos que tienen poca prensa.

Síntomas invisibilizados

En este semestre, según la SEDRONAR, se multiplicaron los consumos de drogas, alcohol y psicofármacos. La ciudad de Bs. As. registró picos históricos de conflictos violentos entre vecinos y en la vía publica. Las ONGs dedicadas al estudio y seguimiento de la violencia de género, nos indican que ni siquiera la cuarentena frenó a los femicidios y a las denuncias por violencia doméstica. Desde ISADORA-mujeres en lucha-, nos confirman 199 femicidios en lo que va del 2020.

Las consultas por depresión y ansiedad se multiplicaron. En América Latina, los suicidios adolescentes (entre 13 y 20 años) dejan año a año más muertes que los accidentes de tránsito para esa misma franja etaria. Y en nuestro país, la idealización suicida y la tasa de suicidios será un gran tema a investigar en los próximos meses.

La soledad de ancianos, agigantada por la imposibilidad de ver a sus hijos y nietos, implica una nueva variable para la aparición de depresiones reactivas, y de aquellas “tristezas del corazón que apagan vidas”.
Podría continuar con el desempleo, las angustias por no poder pagar un alquiler, con la adicción a las pantallas o a las redes sociales, la agitación mental que promueven los medios de comunicación, y otros temas, pero está bien por hoy…

La gran responsabilidad de la clase dirigente

En una tormenta, son los pilotos o comandantes quienes velan por la tripulación. Son ellos y ellas los capacitados para sostener las velas y amarres, son los que saben de astrolabios y brújulas, y son ellos y ellas quienes se propusieron para la travesía.

Necesitamos hoy más que nunca a dirigentes (POLÍTICOS, SINDICALES Y EMPRESARIALES) éticos, honestos y con nervios de acero. Hombres y mujeres que pongan sus intereses personales y seguridades a un lado, y que “el bien común” sea su mascaron de proa.
De lo contrario, se multiplicará el desánimo, la tristeza y la morbilidad; es decir, aquellos factores que conducen y favorecen indirectamente a la muerte.
Y ellos y ellas serán los primeros responsables de un nuevo naufragio social… pero nosotros y nosotras también seremos “co-responsables”, porque los pusimos allí.

Nuestra propia responsabilidad

Cada ciudadano y cada familia tienen la responsabilidad y el deber de cuidarse física y psicológicamente. Para ello, necesitamos lógicamente condiciones materiales, pero también confianza mutua, respeto, amor, palabras, abrazos, y como diría el Dr. Pichón Riviére, “mucha escucha activa”.

Esa escucha incluye mirarse a los ojos, sin distraerse con el celu o la tele. Esa escucha incluye la empatía y el respeto por lo que sentimos. Esa escucha exige tener fe y esperanza en nosotros mismos, en nuestra experiencia previa, en los saberes de nuestros propios linajes familiares, y en toda fuerza espiritual en la que cada uno crea.
La familia, la Amistad y nuestra dimensión Espiritual son en estos cruciales momentos, pilares fundamentales para apoyarse, diría que son casi “salva-vidas”. Usémoslos.

Dejo para la memoria colectiva, una bella estela, escrita hace más de 50 años, de Don Arturo Jauretche:
“Nada grande puede hacerse sin Alegría. Nos quieren Tristes… para vencernos”

Nota: La opiniones de este artículo son responsabilidad del Autor.

Publicado el domingo 20 de septiembre de 2020

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