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Desde que el patriarcado existe nos exige a las mujeres que cumplamos la tarea reproductiva, así ante un embarazo no deseado su interrupción es el recurso que tenemos para resistirnos a esta imposición.
Pero no es para todas igual, para aquellas que cuentan con los recursos económicos y pueden pagar por un aborto seguro, con profesionales de la salud, con los medicamentos adecuados o en quirófanos, el aborto realmente es una opción.

Cuando no se tiene esos recursos morir en la clandestinidad es el riesgo que se toma. El aborto es una problemática de salud pública, y también una cuestión de clase.

La lucha que se viene dando desde la Campaña Nacional por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito realmente es inédita, inmensa e histórica. La pelea contra el patriarcado y el machismo bien sabemos que es cultural y política, producto de la marea verde estamos dando estas batallas.
Después de tantos años creemos que ya conquistamos la despenalización social del aborto, por eso millones de personas se sumaron en las calles a este reclamo.

Y ahora la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo está próxima a ser conquistada. Esta ley igualaría en derechos entre quienes hasta ahora pueden y quienes no pueden pagar por un aborto seguro.
Que las mujeres e identidades con cuerpos gestantes podamos decidir sobre nuestros cuerpos afecta varios intereses. Si en estos días tuvieron la oportunidad de ver los debates tanto a favor como en contra del proyecto de ley, rápidamente podrán reconocer que uno de los sectores que más se opone es la Iglesia. Lo hace prácticamente sin argumentos científicos, todos convencionales y acomodados a un modelo de sociedad que solo beneficiaría a los intereses propios de la Iglesia para seguir perpetuándose como el mayor de los moderadores de la moral ajena.

Quizás justamente la igualación de derechos y la autonomía en la decisión de nuestra salud sexual y reproductiva sea lo que genere tanta resistencia y oposición, ya que cuestiona directamente al poder hegemónico que siguen sosteniendo al patriarcado y el capitalismo.

Incluso la propia construcción del proyecto de ley de la campaña es anti hegemónica. Un proyecto que surgió de años de debates en los talleres de los encuentro nacionales de mujeres, que evolucionó hace 15 años en una Campaña Nacional, que se escribió y reescribió 8 veces con más de 700 agrupaciones colectivas, que se define cada táctica y estrategia a seguir en asambleas, que se difunde con talleres, conversatorios, clases públicas, pañuelazos y principalmente que se defiende en la calle con millones de cuerpos gestantes reclamando por educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal, seguro y gratuito para no morir.

En esta última etapa que se abre las feministas debemos redoblar las fuerzas, debemos seguir batallando con los sectores anti derechos que insisten con la objeción de conciencia y con sus aliados políticos que ceden ante esas presiones.

La tarea no es sencilla, como tampoco lo es soportar la violencia de género que sufrimos constantemente las mujeres y las disidencias. Por eso sabemos que nuestro camino no es otro que seguir con nuestros pañuelos bien altos y movilizadas. Sabiendo que las leyes se votan en el congreso pero que los derechos se conquistan en las calles.

Nota: Las opiniones de este artículo son responsabilidad de la autora

Publicado el sábado 12 de diciembre de 2020

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