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De repente, un silencio frío y respetuoso se apoderó de los rincones del primer piso del Palacio Municipal.
Los días, que en el Concejo Deliberante tienen un ritmo muy cambiante, de un ir y venir constante, se opacaron, y ya nada es igual.

Es que era lo mismo si había mucho o poco trajín, porque la demanda del día para Marcelo era siempre la misma.
Y ahí llegaba en remis, que lo dejaba en la puerta de la Municipalidad, y tal vez tardaba un rato largo en llegar al bloque, un poco por su renguera y las escaleras, otro poco porque siempre paraba con alguien para hablar de temas importantes, o simplemente para saludar.
Portafolio en mano con olor a cuero, perfumado, vestido impecable y siempre con un motivo de sus Islas Malvinas en la camisa o la remera.

¿Y por qué tanto silencio ahora?
¿Por qué hay tanto vacío?

Porque se sabía cuando llegaba: recibía a toda persona que lo necesitaba, juntaba a sus pares concejales para las reuniones de comisión, se tomaba el tiempo y le encantaban las acaloradas charlas de política, de fútbol, de la actualidad. Discusiones de las que me hacía parte también, aunque terminara enojado.
Prolijo pero desordenado, celoso y demandante, generoso, rosquero. Un apasionado.

Le encantaba ser Concejal, orgulloso de ser Veterano de Guerra, preocupado y pendiente de su familia y sus hermanos ex combatientes. En los actos cantaba el himno con la mano en el pecho, porque quería a su bandera y su patria más que a sí mismo.
Fanático del almuerzo y del café que compartíamos en el Bricking para planificar el día siguiente.

Extraño su mano en mi hombro para ayudarlo a caminar por las veredas del centro, hablar bajo de alguien y reír a carcajadas, la golosina que me traía cuando se escapaba al kiosco.

El destino quiso que nos enfermemos casi al mismo tiempo, que nos internen con pocos días de diferencia. Pero siempre hay imponderables que generan mucha impotencia y hasta casi que me lo reprocho: yo pude salir y él no.

Ya nada es igual: las altas y sonoras paredes no retumban, ni las palomas ya hacen nidos en el balcón de nuestro bloque. Tal vez esté pasando pero la tristeza puede más y no me deja ver.
Quedaron tus cuadros, tus apuntes, las cosas por hacer que no van a quedar pendientes porque si las voy a concretar aunque ya no estés para apurarme.
No estoy solo, lo sé. Hay gente buena que me rodea y me va ayudar a seguir con tu legado y que tus ideales siguen bien en lo alto.

No te enojes porque estamos tristes.
No te preocupes si nos escuchás llorar porque al rato también nos vas a sacar una sonrisa.
Sé que vas a estar entre nosotros.

¡Hasta siempre, Marcelo!
Los buenos van al cielo antes de tiempo. Una inmensa pena, Por Cepa Pacheco.

Publicado el domingo 4 de julio de 2021

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