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Una de las circunstancias peor digeridas por nuestra historia oficial siempre ha sido la cláusula tercera del testamento del general don José de San Martín: «El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la independencia de la América del Sur le será entregado al general de la República Argentina don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla».

Don José celebraba así la heroica defensa de la Confederación rosista ante el bloqueo e invasión de la poderosa Francia y no la gesta de Obligado, como se confunden no pocos historiadores, que tendrá lugar algunos años después. La que por supuesto habrá confirmado la justicia de su decisión.

Tan extraordinaria disposición testamentaria de nuestro máximo prócer ha sido soslayada o directamente silenciada en nuestros textos históricos. Hasta Sarmiento opinó insolentemente que se debía a la senilidad del Libertador de América… Sin embargo, la relación entre San Martín y Rosas fue intensa a lo largo de muchos años.

Habiendo transcurrido ya un tiempo prolongado del exilio europeo de don José, casi olvidado por la prensa y los gobernantes de Buenos Aires, el joven estanciero Rosas dio el nombre de «San Martín» a una de sus estancias y poco después, en el mismo año de 1820, bautiza a otra como «Chacabuco».

San Martín, como militar de alma que era, aborrecía el desorden y la indisciplina. Estaba seguro de que la anarquía en que se había sumido su patria terminaría por derrumbarla y hacer fracasar la lucha por su independencia, en la que él había invertido tantos esfuerzos y sacrificios.

«Conviene en que para que el país pueda existir es de necesidad absoluta que uno de los dos partidos en cuestión desaparezca de él -escribía el 3 de abril de 1829 a su gran amigo Tomás Guido-. Al efecto se trata de buscar un salvador que reuniendo el prestigio de la victoria, el concepto de las demás provincias y más que todo un brazo vigoroso, salve a la patria de los males que la amenazan».

De los dos partidos, el unitario o el federal, las simpatías del Libertador se inclinaban hacia el último. Por el obstinado saboteo que sus planes libertarios siempre habían sufrido por parte de Buenos Aires bajo el dominio político de sus enemigos Alvear o Rivadavia; también porque en su peregrinar por las provincias al frente de sus tropas había aprendido a valorar el coraje y el patriotismo de sus caudillos.

Es la anarquía que sucede al fusilamiento de Dorrego la que le impide desembarcar en Buenos Aires cuando, reclamado por algunos y odiado por otros, se niega a participar en las luchas intestinas, como justifica nuestra historia oficial. También, seguramente, porque San Martín temía, con razón, por su vida.

Eran tiempos violentos y los logistas y rivadavianos que habían vuelto al poder, con Lavalle como pantalla, desconfiaban de San Martín y se lamentaban de su presencia. Los periódicos bajo su control, los más importantes, no ahorraban infundios sobre el Libertador sugiriendo corrupción, amoralidad, cobardía y otras lindezas.

Otra carta de San Martín a Guido: «El foco de las revoluciones, no sólo en Buenos Aires sino en las provincias, ha salido de esa capital, en ella se encuentra la crema de la anarquía, de los hombres inquietos y viciosos, porque el lujo excesivo multiplicando las necesidades se procura satisfacer sin reparar en medios: ahí es donde un gran número no quieren vivir sino a costa del Estado y no trabajar».

El 17 de diciembre de 1835, San Martín celebra la «mano dura» de Rosas: «Ya era tiempo de poner término a males de tal tamaño para conseguir tan loable objeto, yo miro como bueno y legal todo gobierno que establezca el orden de un modo sólido y estable».

Don Juan Manuel es para el Libertador la antítesis de la anarquía y valoriza la mano dura que ha impuesto la tranquilidad que reina en su país: «Sólo ella puede cicatrizar las profundas heridas que ha dejado la anarquía, consecuencia de la ambición de cuatro malvados…».

Rosas le agradece a San Martín su apoyo, que le sirve, gracias al prestigio de éste en Europa, para contrarrestar la acción de no pocos compatriotas que recorren las cancillerías extranjeras buscando aliados para derrocarlo. Le ofrece ser embajador en Perú, cargo que el Libertador rechaza con el pretexto de que eran muchos los lazos que lo unían a Lima y a sus habitantes como para poder desempeñar correctamente tal responsabilidad. También aduce que él es «sólo un militar» y que carece de condiciones como diplomático. Algunos historiadores liberales argumentan que este rechazo se debió a que San Martín no quiso comprometerse con los desbordes totalitarios de don Juan Manuel.

Sin embargo, eso queda desmentido por el tono predominante de la relación entre ambos que es la cordialidad. Conociendo Rosas las penurias económicas del exilio sanmartiniano, ordena en 1840 «que se otorgue la propiedad de seis leguas de tierra al Señor General de la Confederación Argentina don José de San Martín.» Y más adelante, sabiéndolo enfermo y necesitado de atención, designa a su yerno Mariano Balcarce como oficial en la Embajada Argentina en Francia, e instruye reservadamente a Manuel Sarratea, embajador, para que exima a Balcarce de residir en París, asiento natural de la representación diplomática, con objeto de no privar al prócer de la presencia y asistencia de su hija Mercedes.

San Martín continuará opinando, en su activa correspondencia con Buenos Aires: «En mi opinión el gobierno en las circunstancias difíciles debe, si la ocasión se presenta, ser inexorable con el individuo que trate de alterar el orden, pues si no se hace respetar por una justicia firme e imparcial se lo merendarán como si fuera una empanada, lo peor del caso es que el país volverá a envolverse en nuevos males».

Y Rosas seguirá correspondiéndole: el 11 de octubre de 1841 el obsecuente  almirante Guillermo Brown le solicita que lo autorice a designar «Restaurador Rosas» a la nave capitana de la escuadra de la Confederación Argentina, a lo que aquél le responde ordenándole que la nave deberá llamarse «Ilustre General San Martín». Cabe señalar que también nuestra historia oficial ha silenciado la colaboración que nuestro máximo prócer naval, el almirante Brown, prestó al gobernador Rosas.

Cuando Francia e Inglaterra atacan a la Confederación Argentina, nuestro Libertador máximo no vacila en escribir a Rosas, poniéndose otra vez a sus órdenes y ofreciéndole regresar a la patria para combatir contra los invasores en una declaración pública que pudo haberle provocado serias dificultades ya que vivía en una de las potencias beligerantes. San Martín y Rosas comparten un hondo sentimiento nacional que para algunos críticos roza la xenofobia.

Una de las últimas cartas que escribe San Martín tres meses antes de su muerte, con letra dificultosa, fue justamente a Juan Manuel de Rosas: «( …) como argentino me llena de un verdadero orgullo, el ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor establecidos en nuestra querida Patria, y todos estos progresos efectuados en medio de circunstancias tan difíciles en que pocos Estados se habrán hallado» (Boulogne-Sur-Mer, 6 de mayo de 1850).

Nota: Las opiniones de este artículo son responsabilidad del autor. Agradecemos la generosa intercesión de Nicolás Capelli con el autor, para la publicación de este artículo.

Publicado el domingo 16 de agosto de 2020

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