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Nuestro cerebro es producto de millones de años de evolución. Una computadora perfecta que logró numerosas habilidades de supervivencia y adaptación a los cambios. El cerebro es también una gran fábrica de químicos, sean estos hormonas o neurotransmisores, que diseñan y gestionan programas y respuestas conductuales.
Pero los seres humanos somos mucho más que nuestro cerebro.

Un poco de historia

Desde que salimos del agua, pasando por nuestra vida en los árboles, hasta que “bajamos” y dejamos las 4 patas para caminar en 2 piernas, todo fue cambiando excepto nuestra capacidad de adaptarnos a lo que el ambiente nos proponía.
Los neuro-científicos explican que a nuestro cerebro le gusta lo conocido y el ahorro de energía. Es cómodo, ahorrativo y va a lo seguro solamente porque quiere sobrevivir como especie. Eso nos emparenta con cualquier otro mamífero.
Pero los psicólogos afirman que en nosotros existe un “epifenómeno” del cerebro llamado mente.  Por último los psicoanalistas aclaran que además tenemos una instancia inconsciente que anda metiendo la cola en nuestro cotidiano vivir.
Podemos concluir que “calculamos inteligentemente con nuestra lógica formal” pero que también “sentimos emocionalmente, con nuestras tripas y nuestro corazón”.

El virus del cambio

Creo que la pandemia nos ubica como especie en un nuevo nivel de evolución, tal vez una micro-evolución. Más sutil, pero no menos efectiva y trascendente.

Al preferir la “homeostasis”, es decir lo conocido o lo que se mantiene igual, todo aquello que nos saca de eje, de nuestra zona de confort nos resulta amenazante y por ende se transforma en un foco de ansiedad, angustia y miedo. La respuesta fisiológica del stress se exacerba y nuestra mente puede perder el control.
Todo profesional de la salud de cualquier especialidad fue testigo en estos últimos meses, de cómo nuestra salud mental se va degradando y en algunos casos las crisis agudas se multiplicaron. Crisis personales pero también vinculares, familiares y laborales.

Algunos pensadores como G. Sartori, Z. Bauman o B. Chul Han venían advirtiendo (cada uno desde su saber) que el siglo XXI traía una modalidad líquida de la sociedad, una hegemonía de la imagen, cambios en el paradigma de la forma de gobernarnos y coincidían en que muchos de esos cambios eran bastante rápidos como para “adaptarnos suavemente”.
Si, “suavemente”. En los últimos 20 años se produjeron cambios tecnológicos, científicos y por ende sociales que cambiaron nuestra sociedad más radicalmente que los cambios científicos y culturales de los últimos 300 años.

La hegemonía de las certezas

Muchos seres humanos que viven en ciudades y cuentan con trabajo remunerado, dan como algo natural el abrir una canilla y tener agua potable, encender una lámpara en su baño para ducharse con agua caliente o abrir su heladera y sacar un pedazo de queso… naturalizamos nuestra condición y la transformamos en certeza.

Esas certezas corren con los años por los mismos surcos y nuestra “mente-cerebro” se acostumbra. La salud, el empleo, el amor, la juventud y la amistad son otras variables que pasan a la cuenta de certezas. Pero algo pasa cuando esas certezas se derrumban de la noche a la mañana.
Las crisis emocionales por el des-empleo, el divorcio o la muerte de un ser querido golpean nuestra puerta y nos arrebatan toda tranquilidad y confort. Las certezas han desaparecido.

De la certeza a la certidumbre

Este es un gran paso que todo sujeto debe realizar. Las certezas son muy pocas. Son solo aquellas que pertenecen a las leyes de la física, de la química o de la biología cuando toca nuestro hombro para decirnos “no va más…” El resto de certezas son en realidad certidumbres, es decir pueden tener un alto porcentaje de ocurrencia pero no son absolutas.

Los afectos, los vínculos, las lealtades incluso las decisiones económicas están atravesadas por la posibilidad de que aunque lo intentemos, aunque demos lo mejor de nosotros, no sucedan.
Ver nuestra pequeña realidad humana como una gran cadena de certidumbres es muy liberador. Nos saca el disfraz de superman o de la mujer maravilla.

Sabemos ahora que preferimos las certezas, (aunque tengamos que conformarnos con un puñado de certidumbres), preferimos los mapas y recetas probadas. Cada desafío adaptativo nos inquieta y estresa, pero los efectos globales de esta pandemia son más que un desafío.
Es justamente en este punto que creo que la pandemia está poniendo en cuestión a muchas personas que se movían solo en el riguroso y fantasioso plano de las certezas. “Mi trabajo, mi dinero, mi salud, mis vacaciones… mis proyectos”.

Muchos otros se despertaron a un mundo nuevo, quizás más profundo, sencillo y espiritual. ¡Bienvenidos!

Incómoda incertidumbre

Si los primeros 20 años del siglo habían traído grandes cambios, imaginemos lo que está por venir…
Yuval Harari, historiador israelí y profesor de la universidad de Jerusalén es uno más de ese selecto grupo de pensadores best sellers. Él advierte que en los próximo 5 ó 6 años post-pandemia habrá nuevos y drásticos cambios científicos y tecnológicos que provocarán un “arrancar de nuevo en el mundo laboral y familiar”.

Si bien nosotros estamos algo lejos de la realidad de aquellos países centrales y desarrollados, todos podemos sentir que la incertidumbre laboral, económica y social se hace presente en nuestros hogares diariamente. Más allá de cualquier condición socioeconómica que tengamos.

¿Cómo gestionamos la incertidumbre? ¿Qué debemos hacer para que nos afecte lo menos posible?

El hombre propone y Dios dispone

Inicialmente hay que aclarar que no hay recetas. Y no las hay porque cada ser humano es diferente, cada crianza fue diferente y “cada familia es un mundo” decía mi nona Elvira.
Solo puedo compartirles algunas pequeñas certidumbres propias y experiencias de consultorio.

• La incertidumbre nos saca de lo conocido y por ende nos exige cambios de enfoque y paradigma, por lo tanto nos enseña mucho.

• La incertidumbre nos muestra en un espejo nuestra finitud, in-hermidad y escaso control de la realidad, por lo tanto nos hace más humildes.

• A lo incierto hay que enfrentarlo con familia, amigos y solidaridad. Pero no debe faltar la flexibilidad mental para cambiar de rumbo si es necesario. Recordá que lo rígido se rompe fácil.

• La incertidumbre solo se gestiona, ya que no se la puede solucionar ni hacer desaparecer.

• Los momentos de incertidumbre se gestionan apoyándonos en todo lo que sabemos, en nuestras experiencias pasadas y si hay algo que no sabés: pedí ayuda.

• Estos momentos difíciles se atraviesan con serenidad, paciencia y Fe en todo aquello que nos trasciende como seres. Podemos llamarlo Dios, Universo, Energía o como quieras.

El porvenir es siempre incierto, y la humanidad ya pasó por estos momentos cientos de veces. Estoy convencido que vamos a levantarnos una vez más.

Publicado el domingo 7 de febrero de 2021

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