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Monseñor Agustín radrizzani. (Foto archivo)

Monseñor Agustín Radrizzani. (Foto archivo)

El pasado lunes se realizó una nueva edición de la peregrinación diocesana a la Basílica coincidiendo con los 75 años de creación de la diócesis de Mercedes, luego reformulada en arquidiócesis Mercedes- Luján.
Durante la misa, monseñor Agustín Radrizzani pidió reflexionar sobre 3 temas centrales: el encuentro, la conversión y la misión.
El texto de la homilía.

Queridos hermanos sacerdotes, diáconos, religiosa/os, consagrados laicos, seminaristas, fieles laicos cristianos y hermanos todos en el Señor Jesús:

Con gran ilusión y alegría porque el Buen Pastor nos atrajo hasta este privilegiado lugar, donde nuestra Madre de Luján ha querido quedarse para que nos cobijemos bajo su manto y nos dejemos aconsejar por ella para conocer y amar más a su Hijo Jesús, los saludo a cada uno con el afecto paterno de quien los acompaña y los quiere guiar, según el corazón de Cristo, como pueblo de Dios que peregrina en esta arquidiócesis de Mercedes – Luján, hacia la comunión plena con el Dios Viviente: Padre, Hijo y Espíritu Santo – Comunión de Amor.

Estamos recorriendo los 75 años desde la creación de Mercedes como diócesis y eso quiere decir un amor particular del Padre Dios por cada uno de los que han vivido, viven y vivirán en esta porción concreta de territorio bonaerense. Quiere decir también un camino juntos hacia la Patria definitiva, una historia compartida como hermanos que recibiendo el amor gratuito de Dios, se comprometen, con la ayuda misma de su Gracia, a ser un Pueblo santo, pueblo sacerdotal: “de la mano de María, hacemos historia”, dice nuestro lema.

Y quisiera, de la mano de María, que reflexionemos sobre tres aspectos de una misma realidad: la de ser todos discípulos misioneros de Jesús. En definitiva el que nos da la Vida Plena, como dice el documento de Aparecida:

1) Un primer aspecto a destacar es el encuentro. Les recomiendo el capítulo 6 de Aparecida, donde se desarrolla el itinerario formativo de los discípulos misioneros, partiendo precisamente del encuentro con Jesucristo.

En este camino como pueblo de Dios y llegados a estos 75 años, nos proponemos recordar, hacer memoria agradecida al Padre Dios por la llamada: ha sido nuestro encuentro fundacional: Dios, en su infinito amor, ha querido encontrarse con cada uno de nosotros, para que seamos su pueblo, su familia, sus hijos queridos. Este formidable don es para ser agradecidos.

Pensemos en “El Ángel del Señor anunció a María”: el encuentro de la Anunciación: se produjo por la elección amorosa del Padre y la respuesta confiada y generosa de La Virgen.

También podemos contemplar otro encuentro, fruto inmediato del anterior: la visita de María a Isabel: la presencia del Espíritu Santo es casi palpable: El realiza la unidad, el realiza todo encuentro, y aquí hace que Juan el bautista en el vientre de su madre salte de gozo ante la presencia de su Señor; y todo es alegría, gratitud, canto de alabanza en el Magníficat de María. Y además, todo es caridad comprometida: María permaneció unos tres meses ayudando a Isabel.

La vida de la Sagrada Familia, en Nazaret, es modelo de encuentro en el amor, a imagen de la vida de la Santísima Trinidad: unidad de corazones, respeto y distinción de cada uno, trabajo humilde y sencillo, buscando todos corresponder al designio amoroso del Padre.

La iglesia naciente en Pentecostés, experimenta también el encuentro junto a María y desde allí salen los apóstoles a buscar el encuentro de los hombres con Dios amor, que los convierte unos a otros en hermanos.

¿Que se opone a este plan del Padre para que nos encontremos en el amor?

El individualismo y el aislamiento. Va directamente en contra de la imagen de Dios según la cual fuimos creados, que es comunión de personas en el amor.

La profesionalización de la fe: esto se traduce concretamente en expresiones que nos involucraran a todos: pastores y fieles: “estoy apurado”; “¿no vio el horario?”; “qué quiere, no venga a molestar”; “solo el sábado a la tarde le “dedico” a la iglesia”; “ya les leí la lección de catequesis”; etc., etc.

El egoísmo avaro, que busca el propio interés materialista.

La lista podría seguir, pero nosotros, cada uno, la podemos completar a luz de Dios que sale a nuestro encuentro y de la mano de María.

¿Qué construye el encuentro?

La búsqueda de la comunión, a imagen de la Trinidad, de la Virgen en la Anunciación y la Visitación, a imagen de la Sagrada Familia y de la Iglesia de los primeros tiempos.

La personalización: no somos números, casos, sino personas capaces y necesitadas de relacionarse. Tenemos necesidad de crear los espacios de encuentro, como esta Peregrinación como familia de Mercedes – Luján; tenemos necesidad de no aislarnos, para alimentar la comunión y servirnos unos a otros – lavarnos los pies: como enseñó Jesús-. Mirar siempre lo positivo de los hermanos y de la comunidad.

Una pastoral que busque salir al encuentro, con gestos y actitudes de verdadera “compasión por la muchedumbre sin Pastor” como dice Jesús, nos libera del aislamiento y de las autoreferencias: nos pone en diálogo enriquecedor, nos estimula a no instalarnos, nos protege de los clericalismos y elitismos y tantos otros males: “la caridad cubre la multitud de los pecados”.

Si de veras nos encontramos con el Señor en su presencia gozosa y vital en la Eucaristía, allí recibimos la fuerza el Espíritu que realiza toda unidad.

2) El segundo aspecto de este discipulado de la mano de María es la conversión: luego del encuentro nada puede quedar igual: es verdaderamente transformante y vivificadora la presencia del Señor. El documento de Aparecida, que ilumina el caminar de toda la Iglesia latinoamericana y del Caribe dice en el n° 278 “La conversión es la respuesta inicial de quien ha escuchado al Señor con admiración, cree en El por la acción del Espíritu, se decide a ser su amigo e ir tras El, cambiando su forma de pensar y de vivir, aceptando la cruz de Cristo, consciente de que morir al pecado es alcanzar la vida.” Esta conversión no es meramente un proceso individual, personal, sino que ha de alcanzar a toda la Iglesia como cuerpo, el citado documento habla de una conversión personal y pastoral (DA 365 -366); también los obispos argentinos hemos querido insistir en esta conversión pastoral en la última carta del 20 de agosto.

Cuando hablamos de conversión tenemos que evitar reducir solo a la dimensión ética: “no tengo que hacer más tal cosa”; “tengo que corregir tal conducta”; etc. Fundamentalmente es un proceso espiritual, integrador de toda la persona: vaciamiento del yo – pobreza, humildad: como María- para ser llenados por la Vida plena, que es Jesucristo mismo. “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mi” (Gal. 2, 20)

Es una conversión integral de toda nuestra experiencia religiosa, de nuestra mentalidad y de nuestros criterios pastorales. Necesitamos la gracia de la conversión, que solo la da el Espíritu Santo.

¿Que se opone a la conversión?

El orgullo, el amor propio que nos hace incapaces de abrirnos al encuentro con el Señor y con los hermanos.

La tibieza que se expresa en actitudes como por ejemplo: “dejemos las cosas como están, que siga la vida su curso”; ¿para qué vamos a cambiar si siempre lo hicimos así?; “otra reunión más: ¡es pérdida de tiempo, cada cual sabe lo que tiene que hacer!” también acá podemos seguir la enumeración por varias horas…

¿Qué favorece la conversión?

Decíamos antes la humildad, la renuncia a mi mismo como proyecto de realización y la búsqueda de la verdad con todas las fuerzas.

Favorece la conversión la oración confiada, personal y comunitaria: en San Agustín tenemos un claro ejemplo de conversión gracias, en buena parte a la oración perseverante de su madre Mónica.

El Pan de la Vida, Jesús mismo como alimento es el que transforma nuestro corazón de piedra en un corazón semejante al suyo: ardiente en amor al Padre y a los hermanos.

Una comunidad eclesial que muestre el “amor en acción”, como decía la Madre Teresa de Calcuta, es una llamada permanente a la conversión.

3) Si nos hemos encontrado con el Señor y nuestra vida no quedó como antes (eso significaría que le cerramos la puerta) sino que el proceso de conversión ha sido iniciado, como un gran fuego de amor purificador y generador de fuerzas nuevas, incontenibles, desbordantes, así como la Anunciación, la Visitación, aquel encuentro de Pentecostés, entonces aparece la necesaria misión de los discípulos de Jesús.

Es una misión que brota no de un programa y un calendario, sino del amor de Dios que lo llena todo y quiere ser conocido y amado. San Francisco de Asís gritaba por las calles ¡“el Amor no es amado”! y el estaba loco de amor.

Esa es la fuerza, el ardor misionero, el celo apostólico, el coraje, que hace llevar la Buena Noticia hasta los confines de la tierra, sin cálculos egoístas, sin negociar, sin violencia, porque atrae, seduce, muestra y provoca la respuesta: ser discípulo.

Es la misión que guía el Espíritu, que discierne, es decir que separa lo que construye la unidad de los que destruye, lo que traba y entorpece, de lo que hace avanzar y da vida; que busca en los signos de los tiempos las huellas del amor de Dios y desde allí anuncia la Verdad, como San Pablo a los griegos en el areópago.

¿Que se opone a la misión?

Dejar morir la vida del Espíritu en cada uno y en las comunidades. Es decir, la falta de escucha de la Palabra, el abandono del Alimento que da la Vida Eterna; la comodidad y el encierro que hace que pensemos que ya hicimos suficiente, que los demás se arreglen. Las críticas y difamaciones hacia los hermanos. El miedo al rechazo o al qué van a decir los otros. Un obstáculo muy importante son las divisiones entre los cristianos: van directamente en contra del pedido de Jesús: ¡Padre, que todos sean uno para que el mundo crea! (Jn. 17,21)

¿Qué favorece la misión?

Dejarnos llenar del Espíritu. Vivir con coherencia el evangelio. Buscar la unidad en el amor. Compartir lo que somos y tenemos. Es un testimonio permanentemente misionero el estilo de vida de la comunidad: “miren como se aman…queremos vivir como ustedes”. (cfr. Hch. 2, 42 – ss.)

Todo lo que sea salir de sí mismo, la donación, la entrega generosa por amor, como el Señor Jesús se entregó por nosotros amándonos hasta el extremo. No hay mayor amor que el que da la vida. (Jn. 15,13)

Tener el coraje de abrir la mente y el corazón al mundo entero, buscar la mirada que Dios tiene sobre sus hijos: amor y misericordia: Dios quiere que todos los hombres se salven.

Indudablemente esto generará un profundo gozo, ese gozo experimentado por Isabel y María en aquel encuentro o el gozo misterioso de quien va al martirio: felices los perseguidos… esa alegría honda del Espíritu acompaña siempre al discípulo misionero para llevar adelante la misión y es como el puente tendido al hermano para que se encuentre con el Maestro. La alegría hace atrayente el mensaje. Podemos recordar la feliz expresión del documento de Aparecida: “…haberlo encontrado nosotros [a Jesús]es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras, es nuestro gozo” (DA 29)

¡Cuánto camino recorrido: gracias Madre por caminar con nosotros!

¡Cuántas dificultades y problemas: gracias Madre por consolarnos y ayudarnos!

¡Cuántos egoísmos e infidelidades: gracias Madre de Misericordia por acercarnos el perdón del Señor!

¡Cuántos frutos de amor y buenas obras: gracias Madre por guiarnos a Jesús!

¡Cuánto nos falta recorrer!: gracias Madre por alentar nuestra esperanza.

Virgen de Luján, pongo en tus manos este pueblo peregrino que ama y confía, para que juntos hagamos de esta arquidiócesis de Mercedes – Luján una casa y escuela de comunión, llena de discípulos misioneros que desbordantes de alegría anuncien la Vida Plena de Jesucristo. Amén.

MONS. AGUSTIN RADRIZZANI

Publicado el miércoles 14 de octubre de 2009

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