Martes 7 de julio de 2020
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“I can’t breathe” (“No puedo respirar”), fueron las últimas palabras de George Floyd al momento en que la policía de Mineápolis le quitara la vida configurando un crimen racial que desató una potente reacción mundial. Definir quién respira y quién no, es a lo que se ven empujados a hacer frente al COVID-19 los sistemas de salud de todo el mundo cuando los internados graves escalan y lo respiradores artificiales escasean. Por otro lado, según la ONU, más del 7% de las muertes que se dan en un año están relacionadas con problemas de respiración generados por la contaminación ambiental. El medio científico inglés The Lancet señala que anualmente se producen 9 millones de muertes prematuras debido a la polución industrial.

“Mientras tanto, el planeta tampoco puede respirar”, tuiteó el músico Tom Morello, guitarrista de la banda Rage against the machine. Morello compartía una noticia sobre la situación ambiental que señalaba que el mes pasado se registró un nuevo récord de concentración en la atmósfera de dióxido de carbono, uno de los principales protagonistas del proceso de efecto invernadero que amenaza el conjunto de la vida sobre la faz de la tierra. Atravesamos, además, el mayo más caliente desde que existen registros de temperaturas. Recientemente se registraron, por último, 38°C… ¡en el círculo polar ártico!

Contra los pronósticos que celebraban el parcial parate de la contaminación que habían generado las cuarentenas a escala global, la realidad demuestra que el 2020 también va a ser un año pésimo para la naturaleza. Por un lado, porque por más grande que haya sido el frenazo, no basta para contrarrestar procesos de acumulación de gases de efecto invernadero de largo aliento. Pero sobre todo, porque las políticas que se han dado los gobiernos para combatir la crisis económica y social agravarán la crisis ambiental.

Los bomberos locos

En efecto, la respuesta del capitalismo imperialista a la crisis mundial pisotea el cuello del planeta tierra produciendo un daño que va camino a resultar irreversible. Donald Trump definió en Estados Unidos un paquete de inyección billonario para rescatar -entre otras- a la industria contaminante del fracking. Al mismo tiempo que dio de baja tímidas limitaciones que había establecido Obama para la industria automotriz. Lo que se estima supondrá un aumento de casi 1.000 de toneladas del dióxido de carbono que libera a la atmósfera el parque automovilístico yanqui. También se suspendieron indefinidamente las sanciones para las empresas que incumplen con las leyes ambientales en lo que respecta al desecho de residuos tóxicos o emisiones contaminantes.

Para no ser menos, tras relajar la cuarentena, China registró solo en marzo una instalación de fábricas impulsadas por carbón mayor a la que había desarrollado a lo largo de todo el 2019. Por su parte, Rusia generó un derrame de 20.000 toneladas de diesel en el río Ambárnaya, en Norilsk, que podrían llegar al Océano Ártico.
En su proporción, el gobierno de Alberto Fernández también se sumó al ejercicio de, cual bombero loco, tirar nafta al proceso de destrucción y contaminación de la naturaleza para palear el fuego de la crisis social y económica. Para muestra basta una imagen satelital: la organización Greenpeace relevó que entre el 15 de marzo y el 30 de abril se desmontaron en el Chaco 9.361 hectáreas (el equivalente a media Ciudad de Buenos Aires o la casi totalidad de la superficie de Luján). Por otro lado, la definición de ir hacia un “barril criollo” en el que el conjunto de los argentinos subsidiemos con nuestros impuestos las ganancias de las multinacionales que desarrollan el fracking en Vaca Muerta, da cuenta de una definición siniestra desde el punto de vista ambiental que ningún discurso “comprometido” del ministro Juan Cabandié puede ocultar. Sumemos también el incentivo del uso de agrotóxicos con la baja de aranceles que impulsó Felipe Solá a escala del Mercosur.

Las respuestas de los gobiernos ante la crisis del coronavirus hicieron que rápidamente fuera olvidado cualquier tipo de compromiso que se haya asumido de palabra de cara al enorme movimiento juvenil ambiental que el año pasado se puso en pie. Si el “How dare you?” (“¿cómo se atreven?”) que pronunció Greta Thunberg ante la ONU sonaba desafiante y angustioso, doblemente desafiante y angustioso debería resonar en 2020: “La gente se está muriendo. Ecosistemas enteros están colapsando. Estamos en el comienzo de una extinción masiva. Y de lo único que pueden hablar es de dinero y cuentos de hadas de crecimiento económico eterno. ¿Cómo se atreven?”.

Capitalismo es catástrofe

Los gobiernos capitalistas y las multinacionales ratifican su obstinada voluntad de llevarnos hasta el límite del precipicio, solo para proponernos tomar noción del peligro y luego… saltar.
En su libro “Esto lo cambia todo: el capitalismo contra el clima”, Naomi Klein señala que calculando desde la década actual y hasta el 2050, la cantidad de carbono que se puede quemar para mantener alguna posibilidad de mantener el calentamiento global por debajo de los 2°, es 565 gigatoneladas. Mientras que la Iniciativa para el Seguimiento del Carbono relevó que el total de activos de carbono que tienen declaradas las empresas destinadas a la actividad es 2.795 gigatoneladas, o sea el quíntuple de lo que la atmósfera de la tierra resistiría. Esas reservas de petróleo son fuente del valor de estas empresas, su “tasa de sustitución de reservas”.

Para alcanzar las metas de emisión que recomiendan los científicos habría que aproximadamente inutilizar el 80% de esas reservas, lo cual para la lógica capitalista imperialista sería una calamidad dado que estamos hablando de inutilizar un equivalente de decenas de billones de dólares. Cuantiosas ganancias, digámoslo, de algunas las empresas que en general más aportan para financiar (legal e ilegalmente) las campañas de los partidos que hoy en día están al mando de cada Estado.
Recordemos que superar ese límite del calentamiento global para las próximas décadas (que de hecho muchos ponen en 1,5°) traería consecuencias CATASTRÓFICAS. Pero aun así, siguen adelante.

El porvenir y el qué hacer

El hemisferio sur se llevaría la peor parte de las consecuencias del calentamiento global si los océanos se elevaran, las islas comenzaran a ser tapadas por el agua, las represas destruidas, las inundaciones arrasaran en algunas localidades mientras otras padecerían sequías y los huracanes serán cada vez más violentos. También nos afectaría si el alza de la temperatura diera curso a la aparición de nuevas enfermedades y pandemias.
Frente a todo este panorama, ¿qué hacer? El primer paso a dar claramente tiene que ver con involucrarse en las denuncias y peleas que da el movimiento ambiental en nuestro país y el mundo. Los “pequeños cambios individuales” desde ya que suman, pero al calentamiento global y la destrucción ambiental solo vamos a poder empezar a frenarlos a partir la acción masiva, unitaria y organizada en las calles. Las movilizaciones contra el saqueo de nuestros recursos naturales; contra Bayer-Monsanto; contra el desarrollo de la mega-minería en Chubut, Mendoza, y cualquier punto del país; en defensa de los humedales; las movilizaciones en defensa del agua. La agenda para activar es enorme.

Pero, desde nuestro lugar, creemos que no se trata solo de protestar, sino también de postular un camino alternativo. Desde Izquierda Socialista y el Frente de Izquierda UNIDAD, señalamos que las respuestas para combatir la gravísima pandemia en curso y para frenar el desastre ambiental tienen muchos puntos en común con las medidas que necesitamos también para terminar con el hambre y la pobreza.
Necesitamos terminar con el sometimiento de las deudas externas, para poner los recursos de cada país al servicio de las necesidades populares y no del lucro financiero. Nuestro país lleva décadas de sojización, saqueo de recursos naturales y despliegue de actividades contaminantes cuyo saldo económico es puesto esencialmente al servicio de pagar la deuda.

Hace falta recuperar y re-estatizar los recursos naturales elementales, hoy en manos de capitales extranjeros y de las empresas privatizadas en los ‘90, para que sean puestos al servicio de una planificación racional. Necesitamos sistemas de salud y de investigación científicas únicos y estatales para proteger las vidas de millones. Y desarrollar tanto nuevas vacunas y medicamentos, como nuevas formas de producir de forma ecológica. Necesitamos terminar con la lógica actual del agro-negocio que genera por un lado desforestación y contaminación con agrotóxicos, y por otro, hambre con sus precios desorbitantes.
Ni el calentamiento global, ni el coronavirus, ni el hambre distinguen fronteras. Frente a esa realidad necesitamos la colaboración productiva y no la competencia entre los distintos países. En América Latina un Frente de Países deudores, podría ser un primer gran paso para plantarse contra el pago de la deuda a los chupasangres del capital financiero internacional.

En definitiva, para cambiar al mundo hay que cambiar a quién gobierna el mundo. Los gobiernos capitalistas y las multinacionales nos trajeron hasta acá. Gobiernos democráticos de los trabajadores y el pueblo, a partir de dejar de tener las ganancias capitalistas como fin último, podrán científicamente planificar un rumbo que evite el colapso planetario de la mano de erradicar el hambre y la pobreza de la faz de la tierra.

Nota: Las opiniones de este artículo son responsabilidad del autor.

Publicado el sábado 27 de junio de 2020

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