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Mucho se ha escrito y dicho sobre la épica que significó la recuperación democrática iniciada el histórico 30 de octubre de 1983.
En lo personal, viví con profunda intensidad la campaña electoral que desembocó en el triunfo de Alfonsín. La ansiedad y el deseo competían con la incertidumbre. Era difícil imaginar que podíamos dejar atrás la página más oscura de nuestra historia contemporánea y que el poder militar expresado en una cruel dictadura resignara los privilegios que sostenía y la impunidad que pretendía consagrar.

Hasta bien entrada la madrugada reprimimos nuestra euforia, tal vez abrumados por la responsabilidad hasta que estalló el júbilo popular.
La denuncia del “pacto militar-sindical”, sumado al compromiso de derogar la autonomía para poder juzgar a los responsables de las violaciones masivas a los derechos humanos en nuestro país nos exigían prudencia.
Y el presidente electo Raúl Alfonsín, cumplió.
Derogó la mal llamada ley de pacificación nacional y en su carácter de comandante en jefe del Ejército ordenó por decreto el procesamiento de las Juntas Militares. Sin precedentes en el mundo, ni siquiera después de la 2da guerra mundial cuando se llevaron adelante los célebres juicios de Núremberg en Alemania, los jueces naturales, los de la Constitución, juzgaron y condenaron a los autores del atroz terrorismo de Estado.
La expresión «Nunca más» fue inmortalizada por el fiscal Julio César Strassera y significó para millones un baño de justicia pero sobre todo de reivindicación moral que se irradió por toda América Latina.

El proceso de transición del autoritarismo a la democracia no pactada encabezado por Alfonsín, era similar a caminar sobre un campo minado y gracias a su pericia y coraje condujo a la consolidación de la democracia. Pero, lo que atesoro de aquellos días son las amplias sonrisas, la alegría reinante que se sintetizaba en esperanza.

Hoy Raúl Alfonsín es justamente reconocido como el padre de la democracia moderna y nuestra generación tuvo el privilegio de acompañar y protagonizar esa epopeya.
Los condicionamientos que enfrentó ese gobierno fueron enormes y variados pero la voluntad y determinación pudo superar muchos de ellos.

La enseñanza que resulta de aquel octubre, es la necesidad de trabajar por la unidad nacional que se exprese en propuestas para superar la crisis que vivimos y que el primer paso debe ser dejar de lado divisiones artificiales que conspiran en contra de poder sostener en el tiempo políticas de Estado perdurables.
La evocación de nuestra mejor historia es también un mandato para nuestro accionar.
Tenemos ejemplos que nos invitan a soñar.
De nosotros depende aprender y aquel octubre es uno muy significativo.

Nota: Las opiniones de este artículo son responsabilidad del autor.

Publicado el viernes 30 de octubre de 2020

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