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Pocos días atrás asistíamos a lo que la prensa denominó «escándalo», cuando el diputado oficialista Juan Emilio Ameri hacía pública una situación de su vida cotidiana que nada tenía que ver con sus funciones parlamentarias.
Mientras eso sucedía, el congreso trataba temas definitorios en un contexto de enorme crisis política, económica y social (pandemia mediante) que golpea sobre todo a las poblaciones más empobrecidas, entre ellas las mujeres, lesbianas trans y travestis que terminan pagando un costo altísimo por cada ley que llega para reforzar la brecha de desigualdad.

No es el primer caso

Lo más curioso es que el dedo de la moral acusatoria siempre reposa sobre los comportamientos de quienes perciben algún tipo de asistencia social por parte del estado, nunca sobre el verdadero parasitismo gobernante. ¿Cuál fue la diferencia sustancial en este caso? La escena se hizo pública inmediatamente y obligó a personajes como Sergio Massa a tomar decisiones rápidas, motivadas por su propia moral de clase gobernante.

A partir de lo sucedido podemos desprender al menos dos cuestiones. La primera se relaciona con el historial misógino del diputado Ameri que sale a la luz en forma de varias denuncias por acoso y abuso sexual, que al no tomar un estado lo «suficientemente público» fue ignorado a conciencia por toda la dirigencia política salteña.
Massa dice que el expediente del diputado llegó vacío y por eso no habrían tomado medidas. Sin embargo, el postulado del dirigente peronista se desploma cuando vemos que el senador por Tucumán José Alperovich, denunciado por abuso sexual, permanece tranquilo en su banca, investigado por una justicia que apenas nos descuidamos se declara incompetente, gozando de una licencia de absoluta impunidad política. Massa también hizo silencio ante las denuncias por violación que recaían sobre el ministro Alejandro Finocchiaro de Cambiemos, el frente político que lo contenía meses atrás.

No aclares que oscurece…

La segunda cuestión es intentar contextualizar la escena en sí y su justificación como una manifestación y espectacularización del poder de un varón como Ameri: «le besé la teta y nada más», «es mi mujer y quiero aclararlo».
Frente a la conectividad intermitente de la sesión, el diputado sentado frente a la cámara, toma con sus manos una cosa, la sienta sobre sí, le besa la parte que se le ocurre, y la acción sería legítima porque el objeto es de su propiedad.
Es indiscutible que el lenguaje simbólico que rodea las acciones de Ameri lo definen y lo alejan de cualquier esbozo de defensa. Respecto a la función social disciplinadora y moralizante que es tomada por sus pares varones, besar una teta en vivo transformó al legislador en un macho alfa multitarea que puede votar leyes y chupar tetas a libre demanda, en definitiva no es más que una chupada de teta, medio de arrebato, a un objeto que le pertenece. El mensaje social no necesita aclaraciones.

Nada nuevo bajo el sol del patriarcado. Luego llegaron las cientos de publicaciones que en tono de burla apoyaban «una simple chupada de tetas», banalizando que el diputado (denunciado por abuso) debía estar legislando en medio de una crisis con pocos precedentes. Los programas de TV discutiendo si correspondía la renuncia o la expulsión por lo que se vio en vivo. Risas varias, pero de los abusos sexuales nada.
No es una chupada de tetas, es el patriarcado de los que tienen plata.

 

Nota: Las opiniones de este artículo son responsabilidad de la autora.

Publicado el sábado 26 de septiembre de 2020

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