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Tener que escribir sobre Perón, sobre Juan Domingo Perón, desde un costado cinematográfico, desde la óptica de la óptica, debería poder resumirse en pocas palabras. Como todo lo grande, como todo lo histórico, como lo que termina siendo omnipresente puede resumirse siempre en pocas palabras.

Dos nombres para un nombre

Con Perón pasa algo similar. Yo creo que cinematográficamente puede resumirse en dos palabras: Leonardo Favio. O en dos y un conector: Hugo del Carril. Curiosamente dos nombres propios para identificar uno de los nombres propios más importantes del mundo.
Para entender parte de lo que el peronismo fue a nuestra industria es interesante hacer algo de historia: la primera película del cine sonoro en Argentina se filma en 1933 y desde entonces empezó a crecer con filmaciones realizadas por grandes estudios (Argentina SonoFilm, por ejemplo).

Acá los estudios generaban películas con tres semanas de rodaje de muy bajo presupuesto. Nacía también de esa forma las películas de costumbre o costumbristas. Las Tangueras y las comedias sociales. Con las de base musical, tal vez con el máximo exponente de Carlos Gardel, este cine de oro llegó a venderse a todo el mundo. Pero, por supuesto, laburando en jornadas de 15 horas de trabajo, y sin ningún derecho a queja siquiera. Políticas que el viento no se llevó.

Ya desde 1945, una de las principales características de las políticas oficiales peronistas fue la protección de la industria cinematográfica. Apenas dos años después, se sancionó la Ley 12.299 de fomento a la cinematografía. Ésta norma buscaba fomentos más directos y obligatoriedad para la exhibición de las películas antes del año de la filmación. Parece mentira, pero muchos años después, esta ley sigue siendo base de la protección cultural de esta industria en cualquier parte del mundo.

Ideales encarnados

Hace algunos años llegaron a mis manos las memorias de Hugo del Carril para su adaptación al cine. Fue un proceso sin final feliz, con mucho sufrimiento, con días de estudio de historia, pero con un lujo que pocos pudieron darse: conocer de primera mano la visión de uno de los pocos directores en el cine argentino que dieron su vida por sus ideales. Esa biografía, esas historias, ese conocer como disfrutaba ser golpeado todos los días a las 20: 25 (la hora en que los presos políticos peronistas recordaban diariamente a Eva Perón) por cantar la marcha peronista, que alguna vez Eva le entregó, no hacía más que volver más grande la figura de Perón.

Después de haber actuado en 25 películas y grabado más de 30 discos, del Carril se inicia en la tarea de dirección de cine, y entre 1948 y 1975 filmó más de quince películas. Hugo del Carril criticaba y analizaba las limitaciones e imposiciones que implicaba la filmación en los grandes Estudios.

Probablemente por eso, a fines de 1953, junto con otros colegas, crea una empresa de producción y distribución de películas, “Cinematográfica Cinco”, para escaparle a Argentina SonoFilm, y como declaró: “para romper su monopolio». Tal vez sus puntos artísticos más destacables se dieron en esta época. Tratando de escaparle a la industria (su ritmo, su lógica y sus extraños privilegios) generó obras de gran calidad.

«Creo que en la labor del director cinematográfico, el hombre debe ir traduciendo lo que siente, cómo lo siente y que temática siente. Para mí siempre fue motivo de inquietud el bienestar común y mi ambición más grande es que en mi país no haya pobres ni necesitados. Esto lo he traducido en varias de mis películas, planteándolo como un problema, evitando dar soluciones. Estas, por supuesto, deben darlas los gobiernos». Esta declaración de Hugo del Carril, que descubrí en un trabajo de un colega hace un tiempo, resume lo que él sostenía en aquellas memorias.

Sinfonía de un sentimiento

La otra referencia indicada fue claramente la de Leonardo Favio. El director que más admiré, a quién tuve la chance de conocer, y cuyos consejos no seguí en absoluto. Todos los días me pregunto si me arrepiento. Tuve el extraño placer de reconocerlo en algunas reuniones a las que me llevó Horacio Guarany. Hablamos de cine, de política, de Perón, de bombas, de muertes. Y nunca le dije que para mí él era cine. Que para mí él era Peronismo. Que para mí él fue el autor del mejor videoclip de nuestra historia. Que para mí sus planos fueron mapas.

Cuando fue galardonado (tarde) por el valor de su obra, declaró: “Nadie podrá decir de mí que fui un desagradecido”. Y su obra es tal vez la mejor definición de esa gratitud a un proyecto de país nacional, popular, que abraza al que peor la pasa, al olvidado, al que no podría ser feliz en soledad.

No era la idea del texto anterior hablar de estos directores de cine sino de Perón como personaje de la pantalla. No tuve la capacidad de expresar la magnitud de Perón y opté, cobardemente, por contar la historia de quienes mejor plasmaron su país en la pantalla. Mientras escribía se me cruzó todo el tiempo la relación más directa de Nuestro Conductor con el séptimo arte. Su corazón, su amor, fue para una actriz tan excepcional que fue la protagonista de la historia de todos los argentinos. Corte.

Hugo del Carril

Hugo del Carril

Nota: Las opiniones de este artículo son responsabilidad del autor.

Publicado el viernes 16 de octubre de 2020

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