
Mediocridad y Polarización
Política.
Uno de los principales factores que explican el quiebre del sistema previsional argentino es la escasa cantidad de empleos registrados y de calidad.
La realidad es que sin aportantes no hay sistema de jubilaciones que se sostenga. Y sin inversión —tanto nacional como internacional—, no hay posibilidad de generar ese empleo formal que necesitamos de forma urgente.
Pero para que exista inversión, debe haber confianza. Y ese es precisamente uno de los puntos más críticos de nuestra coyuntura: Argentina no logra construir un clima previsible ni confiable. ¿Por qué?
Porque hay varios factores que atentan contra esa confianza, y uno de los más corrosivos es la grieta política, alimentada intencionalmente por una clase dirigente que ha aprendido que polarizar les sirve para llegar o mantenerse en el poder.
A la «casta» política, como se la ha comenzado a denominar en los últimos tiempos, le conviene dividir a la sociedad. Mientras tanto, los «argentinos de bien», los que queremos vivir, trabajar y progresar en paz, quedamos atrapados en un vaivén ideológico que impide construir políticas de Estado duraderas.
Por estos días hemos escuchado a candidatos de la oposición que ante la mediocridad, e incluso falta de propuestas, sólo atinan a polarizar en busca de perpetuarse en el poder y así mantener activos sus negocios.
Así es como transitamos de un extremo al otro como un péndulo nefasto: un día hay cepo al dólar, al otro día se promete abrir la economía; un día se impulsa una reforma laboral para combatir los juicios laborales truchos, y al otro día el sindicalismo corta la ciudad y paraliza la actividad económica. ¿Cómo puede una empresa planificar, invertir o crecer en un país así?
La inestabilidad no es solo económica: es política, jurídica y social. Es una señal clara para cualquier inversor serio de que este no es un terreno fértil. Y sin inversión no hay empleo; sin empleo registrado no hay aportes; y sin aportes, no hay jubilaciones. Es un círculo vicioso que se alimenta de la falta de madurez política de nuestra sociedad.
Si fuésemos una sociedad más madura políticamente, los ciudadanos dejaríamos de votar con bronca o por descarte. Comenzaríamos a elegir opciones más racionales, con proyectos realistas, alejadas de los extremos. El centro político —tan bastardeado— podría ofrecer esa estabilidad y previsibilidad que necesitamos para recuperar la confianza, atraer inversión y empezar a construir un futuro más sustentable para todos.
La solución no está en un caudillo ni en una revolución, sino en el sentido común, en los consensos básicos y en dejar de lado la lógica destructiva de la grieta. Solo así podremos romper el círculo del fracaso.
Publicado el martes 12 de agosto de 2025