Domingo 24 de septiembre de 2017

En el mediodía del sábado, fue ordenado como obispo auxiliar de la arquidiócesis Mercedes Luján, Jorge Eduardo Scheinig.
En la misa, presidida por el arzobispo, Agustín Radrizzani, quien ofreción la homilía.

Scheining proviene de la diócesis de San Isidro, donde era párroco de San Gabriel de la Dolorosa, en la localidad bonaerense de Vicente López. Su designación había sido efectuada semanas atrás por el Papa Francisco.

“Quisiera tener hoy tus mismos sentimientos Negro Manuel, para decir con tanta sencillez, humidad y contundencia: Soy de la Virgen nomás… ” dijo en sus palabras al finalizar la celebración.
“Dame Negro Manuel la mirada de tu corazón para confesar que en la Virgencita de Luján, en la Madre de Dios, hija del Padre, mi Ama, mi Patrona, soy libre, soy digno, soy pleno, porque soy hijo” agregó.

PALABRAS EN EL DÍA DE LA ORDENACIÓN

“Jesús se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo, y dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultados estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido”.

¿Cuál ha sido querido Negro Manuel la revelación que el Padre te ha regalado? ¿Qué viste en esa pequeña y humilde imagen de la Purísima Concepción? ¿Qué te conmovió tanto? ¿Fueron las miradas que se cruzaban Ella y sus primeros devotos? Vos sos el primer testigo de esos diálogos silenciosos y fundantes. ¿O fueron esas escapadas de la Virgen para hacer nuevas Visitaciones? ¿O la fuerza sanadora del aceite de su lámpara que mantenías fielmente encendida?

Quisiera tener hoy tus mismos sentimientos Negro Manuel, para decir con tanta sencillez, humidad y contundencia: “Soy de la Virgen nomás”…
Dame Negro Manuel la mirada de tu corazón para confesar que en la Virgencita de Luján, en la Madre de Dios, hija del Padre, mi Ama, mi Patrona, soy libre, soy digno, soy pleno, porque soy hijo.

En cinco palabras este hombre esclavo, desterrado, pobre, pequeño y santo, ha sido capaz de expresar lo más profundo de la “sabiduría religiosa” de nuestro pueblo.
Porque en nuestro pueblo hay místicos auténticos. Son personas sencillas, sufrientes y pobres que pueden expresar con gestos y con muy pocas palabras, la hondura que brota del Evangelio de Jesús.

Como el Negro Manuel muchísimos encuentran aquí, en la Casa de María de Luján, un sentido de pertenencia e identidad, que les devuelve dignidad humana. Son los nuevos místicos que pueden hacer una síntesis espontánea, verdadera y sobrenatural entre la fe y la vida, entre el propio dolor y la Cruz del Señor, entre las propias heridas y la ternura Maternal de la Virgen.

Por eso, estoy seguro que aquí también se construye la Patria, aquí, en este lugar sagrado, hay una fuente genuina de argentinidad. La Virgen viste los colores de la Patria, su poncho es nuestra bandera. Ahí estamos todos nosotros y la Patria necesita algo inédito, y tal vez, hoy lo inédito es construir una Nueva Fraternidad, más realista pero también más generosa.

Pienso que nunca, nadie y mucho menos nosotros, la Iglesia, debería darle la espalda a este pueblo peregrino, que tiene tanta capacidad de aguante, tanta resistencia, tanta entrega y tanta generosidad de vida.

Nuestro pueblo es sabio y yo quiero ser parte de los sentimientos de esa muchedumbre anónima que viene aquí con absoluta confianza. Quiero beber de esta mística popular para hundir más y mejor mi corazón en el Evangelio de Jesús.

De hecho, en mis 34 años de historia sacerdotal he venido muchas veces a los pies de la Virgen a agradecer, a entregar, a suplicar y también a llorar. Queridos hermanos sacerdotes y ahora, queridos hermanos obispos, la Virgen guarda todos nuestros secretos, la intimidad de nuestros momentos luminosos y dolorosos. Estoy seguro que podemos decir con absoluta sinceridad que jamás nos fuimos de aquí con otro sensación que el de haber sido una y otra vez recibidos y acariciados con máxima ternura. La Virgen es Madre y sabe sanar las heridas de la vida.
Ésta es una Casa de Ternura. Aquí gracias a la Ternura de María, los muertos, resucitan.
Permítanme ahora hacer pública mi fe, que es la fe de la Iglesia pero dicha en palabras propias.

Creo con toda mi alma, con toda mi mente y con todo mi corazón que nuestro Dios, el que nos reveló Jesucristo, nos ama entrañablemente y no sabe, ni puede hacer otra cosa más que amarnos. Creo que es un Dios que se abaja para acariciar nuestras miserias con su potencia salvadora. Creo en Dios, Padre Misericordioso que siempre nos perdona.

Creo en Jesucristo, nuestro amado Señor, muerto y resucitado. Creo que el Señor Jesús está vivo aquí entre nosotros y nos hace sus amigos. Creo que recién nos hemos alimentado de Su Cuerpo, y no lo recibimos como premio para perfectos sino como un generoso remedio y alimento para los débiles. Recibimos su Cuerpo vivo que nos llena de Su Vida y nos hace cuerpo suyo, verdaderos hermanos. Aquí y ahora Jesús nos une y no hay fracturas humanas, ni grietas eclesiales o sociales en las que el Señor no pueda tender puentes. Por eso, aquí, Dios nos regala el don del encuentro fraterno, luego al salir, en la vida cotidiana, la cultura del encuentro será una tarea.

Creo en el Espíritu Santo que nos hace su Iglesia y con Pedro y bajo Pedro nos sigue convocando con la misma fuerza con la que irrumpió en el Pentecostés eclesial.
Deseo decirles con el corazón abierto, que amo a la Iglesia. Estoy convencido de que es el mismo Espíritu de Dios el que en los últimos tiempos ha puesto en marcha un dinamismo irreversible.
Estoy seguro que el Santo Padre, Francisco, animado por el Espíritu, fiel a la tradición y con fidelidad creativa, está conduciendo a la Iglesia hacia una renovación profunda y esperada.

Hace dos semanas, de retiro aquí en la Basílica, junto a siete hermanos y amigos sacerdotes, nos dimos el gusto de saborear y rezar con textos de la Palabra de Dios y de Evangelii Gaudium. Nos sentimos interpelados, animados, entusiasmados, consolados, pero fundamentalmente, nos sentimos respaldados por la sabiduría, la teología y la mística pastoral que nos ofrece el Papa Francisco.
Veo una misma línea inspiradora iniciada en el Concilio y continuada por la Evangelii Nuntiandi, los Documenos de Puebla, Aparecida, Evangelii Gaudium, Amoris Laetitia y Laudato Sí.

Quiero con todas mis fuerzas ser servidor de esta Iglesia en salida. Trabajar con perseverancia para animar en nuestra Iglesia Diocesana, la conversión pastoral y misionera.

Quiero trabajar en este “hospital de campaña”, con plena y serena conciencia que hoy, todos, necesitamos ser abrazados por el Amor y la Misericordia Divina. La Iglesia debe sostener siempre y en toda circunstancia el Amor que Dios nos tiene. Quiero poner la cara por el Amor de Dios, y no ser ni obstáculo, ni controlador de la Gracia. Quiero ser un simple administrador del Don de Dios para Su Pueblo. Y si no lo hago, les pido humildemente que con paciencia y cariño me lo hagan saber.

Finalmente, creo que soy un pecador rescatado por Jesús y también por la Iglesia, pero hablo de una Iglesia de rostros concretos, hablo de hermanas y hermanos que siempre me han ayudado a seguir por el camino del Evangelio. Al Señor Jesús le debo todo, pero también a amigas y amigos, algunos de la vida, que supieron sostenerme, animarme y perdonarme.

Deseo ahora dar gracias a comunidades y personas concretas.

Gracias a vos Agustín que abriste las puertas de tu Iglesia con máxima generosidad. Reconozco en vos a un Pastor Bueno. Espero poder ayudarte en tu pastoreo. Deseo también que nuestra fraternidad sea animadora de la comunión de nuestra Iglesia diocesana.

Gracias queridos Jorge y Oscar, ustedes han sido mis obispos, ustedes han marcado mi vida.

Gracias hermanos queridos Jorge, y Esteban y a todos los hermanos obispos, les agradezco sus gestos de cercanía y de comunión.

Gracias querida Iglesia de Mercedes Luján. Me sumo al camino y a la historia de esta Iglesia grande en territorio y en realidades. Les pido que en este primer tiempo me ayuden a descubrir las huellas que Dios fue haciendo entre ustedes y con ustedes.
El Papa Francisco nos invita a los obispos a: “estar a veces delante para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo, otras veces estará simplemente en medio de todos con su cercanía sencilla y misericordiosa, y en ocasiones deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados y, sobre todo, porque el rebaño mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos”, permítanme entonces en este primer tiempo caminar entre ustedes, en el medio y atrás, acompañando a los últimos y siguiendo el olfato de esta Iglesia diocesana.

Gracias también a vos Jorge, Vicario General, a vos Darío, Rector del Seminario y a vos Daniel, Rector de la Basílica, porque han compartido sus vidas, sus sentimientos y pensamientos con transparencia y confianza. Y gracias a todos ustedes queridos hermanos sacerdotes porque en esta última semana, en los encuentros que hemos compartido, me abrieron la puerta y me permitieron entrar en esta Iglesia, que es la Casa de ustedes.

Queridos seminaristas, qué bueno que hayan dicho sí a Jesús! Gracias por desear jugar la vida por el Evangelio.

Gracias queridas hermanas Carmelitas y hermanos Benedictinos y toda la Vida Consagrada, por sostenernos con su oración y testimonio.

Gracias queridísimos hermanos sacerdotes de San Isidro, sé que los voy a extrañar mucho!

Agradezco muchísimo a las queridas comunidades de Sagrada Familia de Carapachay, Resurrección del Señor de Martínez, San Pedro y San Pablo de Olivos, Nuestra Señora de Aranzazu de San Fernando, Purísima de Pacheco y San Gabriel, parroquia-colegio de Vicente López. Deseo agradecerles de todo corazón todo lo que hicieron en mí y por mí. Dejaron en mi vida huellas imborrables.

Gracias a todos los que nos fuimos metiendo en ese camino tan apasionante de la Pastoral Urbana por ponernos en esa dinámica del Reino que ya está y crece entre la gente, en la urbe concreta, que es lugar en el que habitamos, nuestra casa. Nosotros somos testigos que Dios Vive en la Ciudad.

Gracias amigas y amigos! Tan diversos, tan buenos, tan amigos! Ustedes me conocen bien! Les pido que me sigan acompañando! Gracias!

Gracias amigos del Raggio y del CAR. Hemos compartido una adolescencia y juventud extraordinaria. Somos de la década del 70, con ideales fantásticos y con dolores enormes. Hemos subido montañas… la vida es una montaña… cantábamos… y decíamos, “el arte de ascender no consiste en no caer, sino en no permanecer caídos”… gracias Diego, y Guillermo, ebanistas, es un báculo hermoso, hecho por sus manos de trabajadores y artistas!

Gracias papá…. Les cuento: mi madre se llamaba Teresa de Jesús y mi padre se llama Eduardo Luján… Gracias por la vida y por el ejemplo de vida que me dieron. Somos una familia pobre, trabajadora. Gracias mamá, sé que estas celebrando con nosotros!

Gracias Beto, hermano amado, sos mi hermano de sangre, celebre tu vida cuando naciste y la celebro todos los días! Gracias mis queridos sobrinos Santiago, Ismael y Timoteo. Gracias Lorena. Gracias a toda mi familia.

Finalmente, gracias, querido Santo Padre Francisco, tu confianza al encargarme esta misión, me hace más hermano tuyo, más amigo y más hijo.

Les pido humildemente que recen al Bueno de Dios por mí para que no tenga ningún otro señor que el Señor Jesús!
Gracias! Gracias! Gracias!

Quisiera ofrecerle a la Virgencita de Lujan un cirio encendido así como lo hacía el Negro Manuel, simplemente para mantener encendida nuestra esperanza y alegría. Como nos pide nuestro querido Papa Francisco, no nos dejemos robar la esperanza y la alegría!

Mientras lo hago, recemos para que el Negro Manuel sea beatificado.

Deseo agradecer de todo corazón a todos los que trabajaron y colaboraron en la celebración y en el ágape que ahora compartiremos.

+ Jorge Eduardo
15 de julio de 2017

Publicado el domingo 16 de julio de 2017

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